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NUEVA YORK, NUEVA YORK - 3 DE ABRIL: Vista del ambiente del estreno de la temporada 8 de "Game Of Thrones" el 3 de abril de 2019 en la ciudad de Nueva York. (Foto por Dimitrios Kambouris/Getty Images)
NUEVA YORK, NUEVA YORK - 3 DE ABRIL: Vista del ambiente del estreno de la temporada 8 de "Game Of Thrones" el 3 de abril de 2019 en la ciudad de Nueva York. (Foto por Dimitrios Kambouris/Getty Images)

Juego de Tronos, la última serie que nos unirá en comunidad global desde el streaming

Se nos rompe el corazón, se acaba la última serie de la era dorada de la televisión. Se nos acaba ver televisión juntos.

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Incluso con la mediocridad de las últimas dos temporadas, Juego de Tronos es la serie de la que todo el mundo habla.

La fuerza de una serie que reflexiona sobre el poder y se muerde la cola como sus dragones, nos lleva este domingo al final de la era dorada de las series de televisión y de la comunión global del streaming en directo.

Desde el 2011 Juego de Tronos ha formado una legión inmensa de seguidores, creando una cultura pop casi mesiánica alrededor de personajes bien construidos, discursos de poder, efectismo bien usado y pactos con la fantasía que ningún otro programa de televisión anterior o posterior podrá replicar, por lo menos, en un futuro inmediato.

Cuando Juego de Tronos se estrenó hace ocho años, la estrategia de marketing de emitir temporadas completas de las series aún no había llegado ni era imaginable.  

Faltaban dos años para Netflix, lanzara el experimento de verlo todo en casa y nos postraran en un sofá y, aunque era posible transmitir Juego de Tronos con una cuenta de HBO Go, el público tenía que esperar hasta el domingo por la noche para poder ver la serie.

Esto hizo que el verla se convirtiera en una cita televisiva, en una comunión.

Ver Juego de Tronos era la nueva forma de ir a misa: en los comerciales en vez de oraciones y hostias, las marcas vendían lo más cercano a la propia serie, una suerte de hostia consagrada en hielo y fuego en forma de marketing y consumo.

Ninguna marca se resistió, ni si quiera la propia marca JOT.

A medida que avanzaron las temporadas, la narrativa de la serie y la necesidad de no saber de más sobre la trama (o de evitar spoliers los lunes temprano en Twitter) eran otras de las grandes necesidades de reunirse a ver la serie a tiempo, de compartir capítulos definitivos, como lo fue la Boda Roja.

Estos capítulos generaron estudios de neuromarketing alrededor de lo que sentíamos a ver este tipo de episodios y preguntas como “¿es Juego de Tronos una droga?”

Usualmente cuando un episodio de la serie acababa - incluso cuando el mundo real se estaba cayendo - Juego de Tronos dominaba las tendencias digitales y los chats en todas partes. 

Este poder es venal, viene a nosotros de un tiempo anterior y ha sido heredado por nuestra cultura en virtud de comenzar una era diferente pero con valores ancestrales: Juego de Tronos ha reflejado el paso perfecto de lo analógico a lo digital.

Su compromiso con los espectadores - ese llamado engagement - reside allí en lo atávico, así como su historia. Si los nuevos dramas de ciencia ficción o incluso la precuela de Juego de Tronos consiguen ser grandes éxitos para HBO, probablemente no tendrán el mismo impacto. 

Quizás esa es la razón por las que millones de personas, o por lo menos las que han firmado una petición, para rehacer la última temporada, están molestos.

Los showrunners hubiesen podido hacer una temporada más larga, inclusive más temporadas, pero no quisieron.

Los giros en la trama para personajes construidos en 6 o 7 temporadas son débiles. Lo que había prometido Juego de Tronos en sus inicios, ese abandono de la trama típica en la que los protagonistas eran recompensados ​​por hacer lo correcto, en esta temporada se lo han pasado por el forro y volvieron a la trama rosa, creando personajes cada vez más predecibles y coherentemente aburridos.

Perdonen, pero ojalá Daenerys reinara loca y totalitaria. La genialidad de Juego de Tronos radicaba en que el poder se obtiene como se obtiene en la era de las fake news, era la forma de comunión de entender el poder en la actualidad: la serie como paralelismo.

No solo eran los televidentes, fueron las marcas, los gobiernos, Trump y sus tweets. Pero la razón principal es que, al terminar el show, se nos obliga a dejar el mundo al que Juego de Tronos nos mantuvo encadenados, al mundo de la televisión comunitaria en streaming, a pensar que éramos parte de algo, a pertenecer, a quejarnos sobre ello sin consecuencias, a amar u odiar juntos como Jon, Sansa, Daenerys, Cersei o Tyrion.

La noche del domingo o madrugada de lunes, dependiendo de la parte del mundo donde estés, la única forma de luchar en Westeros fue la peregrinación televisiva, amar la épica en comunión, por última vez.

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