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El Vaticano también se postuló sobre el usurero proyecto de liga: "El dinero termina por arruinarlo todo". Photo: Vatican News
El Vaticano también se postuló sobre el usurero proyecto de liga: "El dinero termina por arruinarlo todo". Photo: Vatican News

La escandalosa Superliga de fútbol europeo donde sólo iban a patear el balón los clubes más ricos

El neoliberalismo es al deporte lo que una portería a un guardameta. Esta no es una historia de ‘fair play’, sino de balones dorados. 

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Las voces de los moralistas están empezando a coincidir en una sensación que se está volviendo general: el fútbol mueve demasiado dinero, en España y en Europa. No se trata ya de que los jugadores estrella cobren cantidades totalmente astronómicas, sino que la especulación con el mercado de los derechos de emisión estén llegando a socavar las bases mismas y los porqués de la competición deportiva. 

Vayamos por partes para entender qué ha pasado: 

El 19 de abril se anunciaba la creación de una Superliga de doce clubes, los más poderosos de Europa: tres ingleses, tres españoles y tres italianos, que dejaba prácticamente fuera de la nueva competición a casi todos los demás. El criterio para haber sido seleccionado o no era puramente económico, por encima de cualquier otro tipo de mérito.

Las reacciones no se hicieron esperar, y dos días después sólo eran tres los equipos que seguían en el barco. 

Los creadores de esta nueva competición no tuvieron mucho tacto a la hora de anunciar su invento: hicieron público su manifiesto fundacional sólo unas horas después de que la UEFA  presentara el cambio de formato de la Champions League.

El desbarajuste ha sido tal que incluso ha llegado a provocar manifestaciones de protesta, como la que llevaron a cabo los seguidores del Chelsea.

En el caso concreto del Real Madrid, la polémica ha estallado porque su presidente, Florentino Pérez, impulsó el proyecto de Superliga sin haber consultado con los socios de su club, cuando los estatutos le obligaban a ello. No fueron los únicos que rechazaron el proyecto: Gianni Infantino, presidente de la FIFA, se manifestó radicalmente en contra de la creación de la Superliga a los pocos minutos de lanzarse la iniciativa. Infantino denunciaba un intento de convertir las instituciones deportivas europeas en negocios privados.

La tradicional tensión entre clubes, federaciones y gobiernos acabó estallando. 

Lo que pretendían Florentino Pérez y quienes le apoyaban parecía un intento de monopolio para copar los partidos mediáticos durante la temporada. Y le han llovido críticas: Josep Guardiola, entrenador del Manchester City y ex jugador y entrenador del FC Barcelona, afirmó que “no es deporte cuando no hay relación entre esfuerzo y recompensa”.

La sensación entre los periodistas deportivos era que la propuesta se había realizado tarde y mal, y que en todo el embrollo no se había tenido en cuenta en ningún momento a las aficiones de los equipos. Enrique Yunta (ABC) tituló su crónica del pasado 24 de abril con la expresión: “Un ridículo mundial”. 

Lo que vendría a sugerirnos que posiblemente el ansia de negocio desbocada está llegando a eclipsar el sentido mismo de la competición deportiva, que es lo que menos importaría en esta Superliga de gigantes financieros.

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