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Photo: Joao Leopoldo Padoveze en Flickr. 
Photo: Joao Leopoldo Padoveze en Flickr. 

Capitalismo racial y música ‘Dixie’: Los últimos confederados de Brasil

En algunas regiones del país, el fantasma de la esclavitud sureña estadounidense sigue celebrándose con papas fritas y música a todo volumen.

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Una bandera confederada ondea bajo el espeso y húmedo calor mientras un jovencísimo soldado vestido con un uniforme con el que se libró batalla hace más de dos siglos sujeta el mango orgulloso. También hay moteros con sus chalecos de cuero y fajos de billetes de un dólar en los que puede leerse “Confederate States of America”. Y bailarinas, y vendedores de pollo frito y galletas, todo en el marco de un cementerio.

No, no estamos en una recreación histórica organizada en algún lugar de Texas, Georgia o Alabama, sino en el mero corazón de Brasil. En Santa Bárbara d’ Oeste, en el estado de Sao Paulo, donde cada primavera se celebra la llamada Festa Confederada en la que los descendientes de antiguos sureños rinden su particular homenaje a sus ancestros esclavistas.

Photo: Festa.

¿Confederados en Brasil?

Lo crean o no, Brasil es uno de los países donde residen más parientes de aquellos confederados que al acabar la Guerra Civil, en 1865, desertaron y se marcharon buscando nuevas tierras en las que poder seguir manteniendo su estilo de vida una vez fue abolida la esclavitud en Estados Unidos.

Hacia 1867, miles de confederados se exiliaron a regiones como San Bárbara o Americana para evitar posibles represalias de los nordistas y porque la economía del sur, basada en la explotación de personas en los campos de algodón, había quedado destruída. 

Si bien algunos de estos sureño huidos habían elegido emigrar a Nueva Virginia (México), la Cuba española, Venezuela, Honduras Británica o Egipto, Brasil había sido un aliado tradicional de la Confederación y, sobre todo, seguía manteniendo la esclavitud. 

Además, el sistema de plantaciones brasileño de monocultivo de azúcar, arroz y más tarde café, funcionaba de forma muy similar al utilizado en la Confederación. 

También les animó que Pedro I,  emperador de Brasil y primer jefe de Estado una vez proclamada la independencia del país de Portugal, ofreciese tierras, exención de impuestos y pagar los costos del viaje a todos los exiliados que ayudasen a introducir el cultivo de algodón.

Desoyendo los ruegos de las autoridades sureñas para que se quedasen en Estados Unidos, estas familias sin tierras ni esclavos buscaron fortuna en el “otro” Sur. 

Y les fue bastante bien, dado que a mediados del siglo XIX, el movimiento abolicionista brasileño era apenas una idea. 

Photo: AP

Los sureños de más al Sur

En torno a veinte mil personas blancas como el maíz -algunas de ellas acompañadas por sus esclavos afroamericanos o libertos apegados a sus dueños- dejaron los estados de Carolina del Sur, Mississipí o Texas y establecieron a lo largo de dos décadas una media docena de asentamientos en Brasil.

Pero algunos de ellos acabaron regresando a los Estados Unidos en la década de 1870, cuando se promulgaron las leyes Jim Crow que imponían la segregación racial y que tendrían vigencia hasta bien entrados los años 60’ del siglo XX con la Ley de Derechos Civiles -si bien en algunos estados, se alargaron mucho más en el tiempo. 

Hoy en día aún puede mapearse el peso de estos confederados en regiones de Río de Janeiro y Sao Paulo; especialmente en Santa Bárbara y Americana. 

En la primera, fundada alrededor de una plantación azucarera, se instaló el exsenador de Alabama William Hutchinson Norris y una treintena de familias -a Santa Bárbara se la conocía como “Colonia Norris”.

Respecto a Americana, y según publicaba Jorge Álvarez en un artículo para La Brújula Verde, fue comprada a un militar y latifundista brasileño por el propio Norris como una extensión de Santa Bárbara y allí los confederados siguieron practicando su estilo de vida esclavista, e introduciendo el cultivo de algodón y el protestantismo en la comunidad. 

Con el tiempo, a los confederados no les quedó más remedio que adaptarse a los cambios que necesariamente iban a llegar también a Brasil, que fue el último país occidental en abolir la esclavitud en 1888. 

Brasil había sido un aliado tradicional de la Confederación y, sobre todo, seguía manteniendo la esclavitud cuando los confederados llegaron al país. 

Cambiaron el inglés por el portugués, aceptaron las leyes locales y tuvieron que integrarse o largarse ahora que sus antiguos esclavos eran trabajadores legales o incluso propietarios. 

Muchos de ellos se mudaron a las ciudades, donde importaba poco lo que hubieses sido anteriormente, y sus puestos en el sector agrícola fueron poco a poco ocupados por italianos y alemanes que se casaron con confederados -estos a su vez se habían ido casando con brasileños. 

Hoy día la Festa Confederada, como recuerda Montana Ray para Point Magazine, no es una rareza cultural ni una mala interpretación del estilo estadounidense:

“La historia de la festa se adentra en el corazón de la propia historia de los colonos brasileños. La fiesta es un ejemplo de cómo las reuniones familiares -las niñas bonitas fotografiadas para los álbumes familiares- pueden revelar redes de capitalismo racial que se extienden por toda América”, concluye. 

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