[Op-Ed] La maravilla de no saber.
¿No han llegado ya al punto en el que se sienten abrumados por los banners, notificaciones, mensaj
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¿No han llegado ya al punto en el que se sienten abrumados por los banners, notificaciones, mensajes de texto y anuncios sugiriendoles qué comprar? Hoy decidí apagar el celular para evitar mensajes y llamadas promocionales, y salí a caminar rumbo al mercado de pulgas de Usaquén, en Bogotá. Cuando llegúe y me vi en medio de cientos y cientos de puestos ofreciendo miles de productos sentí que tenía la libertad de escoger y la sensación maravillosa de no saber qué iba a encontrar.
Los algoritmos se han convertido en nuestros guías personales, decidiendo qué música escuchamos en Spotify, qué series ver en Netflix y hasta qué ropa nos quedará mejor. Es como tener un amigo sobreprotector que cree conocernos mejor que nosotros mismos. Pero entre tanta predicción y sugerencia personalizada, algo se nos está escapando de las manos, el placer de encontrar tesoros por accidente, porque hay una diferencia monumental entre buscar algo específico online y perderse entre puestos donde cada objeto cuenta una historia diferente. No es lo mismo teclear "chaqueta vintage" en un buscador que descubrir una prenda única mientras conversas con quien la ha fabricado o la ha atesorado durante años.
Los mercados de pulgas son como una ciudad sin GPS, puedes perderte y eso está bien. Son espacios donde nadie rastrea tus pasos ni analiza tus preferencias. Aquí, el valor no lo determina un algoritmo sino las historias detrás de cada objeto, las conversaciones espontáneas con vendedores que conocen el origen de cada pieza, los regateos amistosos que se convierten en charlas agradables.
Mientras las plataformas digitales nos prometen ahorrarnos tiempo mostrándonos solo lo que "nos interesa", los mercados de pulgas nos invitan a tomarnos nuestro tiempo, a explorar sin prisa. No hay notificaciones push, ni anuncios personalizados, ni cookies rastreando cada movimiento. Solo existe el momento presente y la posibilidad de sorprendernos con algo que nunca supimos que queríamos hasta verlo.
Esta forma de comprar y vender va más allá de la sostenibilidad o el ahorro, es la liberación de la cadena de la predictibilidad que domina nuestras vidas digitales. Los jóvenes lo entienden bien y por eso cada vez más millennials y centennials abandonan sus pantallas los fines de semana para sumergirse en estos espacios donde el azar todavía tiene permitido jugar. Las estadísticas lo confirman ya que estas generaciones representan más del 59% de los compradores de segunda mano en el país.
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Los mercados de pulgas también son un recordatorio de que no todo necesita ser eficiente y optimizado. En un mundo obsesionado con los datos y las métricas, estos espacios celebran lo imperfecto, lo inesperado, lo humano. Cada objeto tiene su historia, sus imperfecciones, su carácter único que ningún algoritmo podría catalogar correctamente.
El éxito creciente de estos mercados no es solo una tendencia pasajera. Es un síntoma de algo más profundo, el cansancio de la intermediación de una pantalla que nos diga qué debería gustarnos. También son espacios de resistencia cultural. Mientras el comercio electrónico nos empuja hacia una homogeneización del gusto, los mercados de pulgas celebran la diversidad, lo excéntrico, lo que no encaja en las categorías predefinidas de una base de datos. Son lugares donde un disco de vinilo rayado puede valer más que uno nuevo por la historia que esconde, donde un mueble con marcas de uso cuenta una historia que ninguna descripción de producto online podría capturar.
Tal vez sea hora de preguntarnos si queremos seguir viviendo en un mundo donde todo está tan calculado y donde ya nada nos sorprende genuinamente. Los mercados de pulgas nos recuerdan que a veces los mejores hallazgos suceden cuando dejamos de buscar algo específico y nos permitimos simplemente descubrir.
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