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El nazimo exaltó la naturaleza relacionada con la pureza racial. Photo: Alamy
El nazimo exaltó la naturaleza relacionada con la pureza racial. Photo: Alamy

El peligro del ecofascismo en tiempos de coronavirus

La ultraderecha emplea el ambientalismo para diseminar un discurso xenófobo y antimigrantes. ¿Está calando en los Estados Unidos?

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El pasado lunes, un grupo de expertos en contraterrorismo publicó en la web HS Today un artículo sobre el auge en Telegram de un presumible grupo ecofascista conocido como Pine Tree Party, cuya retórica, según los investigadores, estaba incitando a la acción violenta y antimigratoria. 

Ya hace un tiempo que escuchamos hablar de ecofascismo, un movimiento que defiende la preservación de la naturaleza por encima de la vida humana y, de hecho, señala la superpoblación como el mayor problema ecológico y defiende una vuelta al “orden natural”.

Si bien tradicionalmente ha sido la izquierda la que ha tenido el ambientalismo como eje central de sus programas políticos, desde hace unos años y sobre todo con el inicio de la pandemia y las fotografías -algunas falsas- de la vuelta de animales a las ciudades y el descenso de la polución producto de la cuarentena, la ultraderecha ha empezado a abrazar la ideología “verde”. 

Una maniobra que no sólo tiene como objetivo acabar de apuntalar su discurso contra los inmigrantes, sino crear el caos y, como sugiere la periodista de New Statement Sarah Manavis, ampliar gracias a esa otra viralidad de las redes la llamada “ventana de Overton” -las ideas que los votantes y la clase política consideran aceptables.

“Muchos trolls, 4 Channers e ideólogos de la alt-right se preocupan principalmente por cambiar la ‘ventana de Overton’ y hacer que lo intolerable sea digno de discusión”, dice. En este saco de lo “intolerable”, lo que queda fuera de la ventana, están las ideas radicales ralacionadas con el nazimos y la segregación racial. 

Su maniobra, en muchos casos, ha sido molesta aunque no demasiado efectiva. Como el pasado marzo, cuando un grupo de ultraderecha usó el logo de la organización ecologista Extinction Rebellion (XR) para sembrar Internet e incluso las calles de Reino Unido de pegatinas que rezaban: “El coronavirus es la cura, los humanos son la enfermedad”, provocando la indignación general porque parecía increíble que un grupo que lucha contra el cambio climático no tuviese en cuenta las innumerables muertes a causa de la COVID-19.

A pesar de que más tarde se descubrió el pastel, la confusión y lo extrañamente familiar del mensaje da que pensar, sobre todo con el aluvión de memes de todo tipo que, aunque de forma muchas veces irónica, alaban el virus como una suerte de “fregona” de las peores lacras de la humanidad.

Pero, cuidado, detrás de ello no están solo los cielos limpios y la visibilización de un sistema capitalista que no funciona, sino las muertes especialmente de las personas que trabajan en lugares extremadamente vulnerables o que no tienen acceso a un seguro médico y que son, vean las estadísticas, personas de minorías étnicas. 

Aunque no todo el que defienda la naturaleza de forma radical tiene en la mente una limpieza étnica o presunciones ecofascistas, hace tan sólo poco más de un año que la masacre de El Paso, del 3 de agosto, reveló que el tirador sí lo tenía en mente.

Así figura en un manifiesto que circuló tras el asesinato masivo y que la policía adjudicó al pistolero, Patrick Crusius, cuya intención era detener “la invasión hispana en Texas”. En el manifiesto, titulado Una verdad incómoda -un guiño al documental de Al Gore de 2009-, el presunto escritor señala que la gente en Estados Unidos es “demasiado terca” para cambiar su estilo de vida y que, por tanto, había que reducir el número de personas para que “nuestro estilo de vida pueda ser más sostenible”. 

El documento también esgrimía otros argumentos ecológicos y se cree que se había inspirado en otra masacre producida cuatro meses antes, la de Christchurch, en Nueva Zelanda, que también tuvo su manifiesto y en la que el autor se define como “ecofascista”.

Pero todavía se puede ir más lejos. O mejor dicho, más arriba. Cuando el negacionismo del cambio climático ha pasado a ser un mal chiste de “paletos”, el discurso político de la extrema derecha en puestos de poder ha dado un giro que algunos claman es “ecofascista”. Así lo alertaba la activista y escritora Naomi Klein en On Fire: The (Burning) Case For a Green New Deal, pero también lo señalan numerosos expertos en ciencias políticas. 

Prueba de ello es que partidos como el francés Rally Nacional (RN) de Marine Le Pen proclame que ésta debería ser la “primera civilización ecológica” del mundo, o que el individuo “no es simplemente un consumidor o productor” sino “alguien arraigado, que quiere vivir en su tierra” y que los que son “nómadas no se preocupan por el medioambiente; no tienen patria”.

Maquiavelo decía que el fin justificaba los medios, pero a veces los argumentos aparentemente blancos -o verdes- son los medios para conseguir un fin que se nos oculta, a no ser que hagamos el esfuerzo de leer la letra pequeña.

Vivimos una crisis ecológica, pero no es la única crisis en la que estamos envueltos. 

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