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No hay suficiente dinero para satisfacer todas nuestras demandas, incluso a tasas más altas de crecimiento económico. Habrá conflictos entre gastos privados y gubernamentales; entre gastos nacionales y locales; entre gastos de salud y gastos de no-salud; y entre gastos dedicados a los ancianos versus los jóvenes. El presente es polémico; el futuro quizás sea peor.
No hay suficiente dinero para satisfacer todas nuestras demandas, incluso a tasas más altas de crecimiento económico. Habrá conflictos entre gastos privados y gubernamentales; entre gastos nacionales y locales; entre gastos de salud y gastos de no-salud;…

[OP-ED]: El gran debate de Trump sobre el crecimiento económico

La discusión entre el gobierno de Trump y sus críticos sobre una tasa de crecimiento económico sostenible suscita profundas preguntas sobre el futuro de…

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En caso de que no prestaran atención, he aquí una reseña general del debate. 

En su presupuesto, la Casa Blanca proyectó un crecimiento económico anual ajustado a la inflación de un 3 por ciento, en el curso de la próxima década. Eso casi iguala la tasa promedio del 3,2 por ciento desde 1950. Mientras tanto, la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés) y muchos economistas privados proyectan una tasa de crecimiento económico anual de alrededor de un 2 por ciento, o aproximadamente lo que ha sido desde 2010. 

Como era de suponer, el pronóstico de Trump fue atacado salvajemente. Jason Furman, director del Consejo de Asesores Económicos bajo el presidente Obama, señala que la brecha entre el pronóstico del gobierno y el consenso de pronosticadores privados de primera es mucho más amplia de todo lo que se haya experimentado en “los 24 presupuestos bajo los presidentes Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama.” Furman calcula que las posibilidades de alcanzar un crecimiento económico del 3 por ciento son alrededor de 1 en 25. 

El economista Simon Johnson, del Massachussets Institute of Technology, sostiene que la intención de adoptar una tasa de crecimiento económico más rápida es justificar los recortes fiscales. “Si los funcionarios gubernamentales reconocen que una tasa del 3 por ciento anual no es viable,” escribe, “tendrán que enfrentar la realidad de que sus pronósticos de rentas públicas son demasiado altos, y de que los recortes fiscales propuestos ... aumentarán drásticamente el déficit fiscal y la deuda nacional.”

La ralentización de la economía tiene dos causas. Una es el envejecimiento de la población. Los grandes números de trabajadores que se jubilan atemperan el crecimiento de la fuerza laboral. La CBO espera que la fuerza laboral aumente un 0,5 por ciento anualmente, alrededor de un tercio de la tasa posterior a 1950. 

La otra causa importante es el estancamiento de la productividad. La productividad—es decir, la eficiencia—es un reflejo de la tecnología, la especialización de los trabajadores y los mercados competitivos, entre otras cosas. La CBO proyecta que la productividad crecerá un 1,3 por ciento anualmente. Esa cifra es inferior al promedio posterior a 1950 (1,7 por ciento) pero superior a cifras recientes (0,5 por ciento desde 2011). Tomados juntos, la productividad baja y los avances en la fuerza laboral garantizan una economía lentísima. 

Precisamente, responden algunos economistas conservadores. Pero esas condiciones no son inmutables. Medidas adecuadas pueden cambiar conductas. Tasas fiscales más bajas, menos regulaciones y gastos gubernamentales más limitados pueden incentivar el crecimiento económico al elevar las ganancias después de los impuestos y promover las inversiones. 

“Centrado principalmente en los ‘estímulos’ a corto plazo, el manejo de la política económica [en los años posteriores a la crisis financiera] hizo poco para restaurar expectativas más altas de un crecimiento económico a largo plazo,” escriben los economistas John Cogan, John Taylor y Kevin Warsh, de Stanford, y Glenn Hubbard, de Columbia, en un estudio. “El fracaso de la política ... [afectó] adversamente el consumo y, especialmente, los gastos en inversiones.” 

No es descabellado, sostienen, pensar que la productividad y la fuerza laboral responderán a políticas más adecuadas. Los aumentos necesarios están dentro de la experiencia histórica. Por ejemplo: Entre 1999 y 2012, la productividad de las empresas no-agrícolas igualó o excedió un 2,3 por ciento dos tercios de ese tiempo. En forma similar, la tasa de desempleo del 4,3 por ciento de julio sugiere que la mayoría de la gente se integró a la fuerza laboral. 

¿Cómo interpretar este debate? 

Hay que ser escéptico en cuanto a ambas posiciones. 

En mi casi medio siglo de cubrir la economía, me convencí de que los economistas no comprenden la productividad excepto en un sentido general. Para decirlo de distinta manera, la mayoría de los economistas no pudieron predecir cambios importantes de productividad, ya fueran ascendentes o descendentes: la crisis de los años 70; el renacimiento de los 90; y el actual colapso. 

La productividad es demasiado compleja. Puede responder a una política económica, pero también a muchas otras cosas, entre ellas algunas tan vagas como la “cultura económica” del país. El problema es que si uno no puede predecir la productividad, no se puede predecir el crecimiento económico. (¿Por qué? Porque la productividad en general constituye una gran parte del crecimiento económico). 

Son conjeturas. Para resolver esos problemas, los economistas a menudo suponen que las tendencias actuales continuarán su curso. Es una respuesta razonable, aunque tímida. Aún así, ignora la perspectiva de un cambio drástico con respecto al presente. Las suposiciones económicas de Trump son optimistas e interesadas. Pero no son imposibles. 

Aún así, incluso si el 3 por ciento de crecimiento económico de Trump se materializa, no será suficiente. Su objetivo es balancear el presupuesto para 2027. En el papel, un crecimiento económico lo lograría. Pero las suposiciones subyacentes de gastos gubernamentales en el curso de la década son poco realistas. Trump recortaría los gastos de defensa y de los programas internos “discrecionales” (justicia, regulaciones, etc.) por la mitad, como porción de la economía. Eso no ocurrirá—y no debería ocurrir. 

He aquí la importancia mayor del debate: ya no podemos resolver conflictos serios por medio del crecimiento económico, si es que alguna vez pudimos. No hay suficiente dinero para satisfacer todas nuestras demandas, incluso a tasas más altas de crecimiento económico. Habrá conflictos entre gastos privados y gubernamentales; entre gastos nacionales y locales; entre gastos de salud y gastos de no-salud; y entre gastos dedicados a los ancianos versus los jóvenes. El presente es polémico; el futuro quizás sea peor.

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