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EL PASO, TEXAS - 7 DE AGOSTO: Miguel de Anda, nacido y criado en El Paso, sostiene un cartel que dice 'Trump no es bienvenido aquí' en una protesta contra la visita del presidente Trump luego de un tiroteo masivo, que dejó al menos 22 personas muertas, en 7 de agosto de 2019 en El Paso, Texas. (Foto de Mario Tama/Getty Images)
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El luto en Estados Unidos pareciera ser un asunto de debate. Mientras miles de ciudadanos lloran por el saldo de la violencia en El Paso y Dayton, la política estadounidense vuelve a presumir de protagonismo.

En menos de 24 horas, 31 personas fallecieron a causa de tiroteos masivos el fin de semana, sostenidos en una realidad frecuentemente pasada por alto: la epidemia del nacionalismo blanco.

Cortinas de balas en un centro comercial fueron perpetradas por un individuo con un mismo modus operandi que se ha repetido en Estados Unidos, en Nueva Zelanda y en Noruega, y que se anuncia con un manifiesto racista publicado en línea.

El objetivo es siempre una comunidad inmigrante considerada “invasora”, y si eso suena familiar es porque es un adjetivo repetido constantemente por Donald Trump a la hora de hacer campaña política.

Tras los eventos del fin de semana, el presidente desvió la culpa sobre los vídeo juegos y las enfermedades mentales, pasando por alto la diatriba por el control de armas a nivel nacional o la retórica de odio, dos asuntos que han aumentado exponencialmente durante su gobierno.

Desde su elección como presidente del país, se han reportado un aproximado de 50 tiroteos masivos, y se ha gestado uno de los movimientos juveniles más pujantes de los últimos tiempos, particularmente en respuesta al tiroteo de la escuela Marjory Stoneman Douglas de Parkland (Florida) el 14 de febrero del 2018.

La conclusión es la misma siempre: el país necesita cambiar las leyes sobre el control de armas. Y la respuesta presidencial permanece también inmutable.

La injerencia de organizaciones cabilderas como la National Rifle Association (NRA) en la política estadounidense parece ser siempre más pesada que un conteo de muertes que no hace sino escalar con el paso de los años.

Y es que frente a los 30 millones de dólares que la NRA donó a la campaña de Trump en el 2016, es poco lo que el presidente podría estar dispuesto a hacer ante el descontrol masivo de la violencia por armas de fuego.

Tras los eventos en Florida, Trump sugirió armar a los profesores, barajeó algunas ideas sobre leyes de banderas rojas y poco más. El debate se enfrió y la atención fue desviada hacia otros asuntos, como la crisis en la frontera y la deportación de inmigrantes.

Pero el problema sigue intacto, y la muestra fueron los ataques del pasado fin de semana.

“La enfermedad mental y el odio son quienes aprietan el gatillo”, dijo Trump ante las cámaras, “no el arma”.

A pesar de que el presidente denunció el racismo y reconoció la “supremacía blanca”, muchos parecen estar de acuerdo en que ha sido precisamente su retórica lo que ha dado un nuevo impulso a los crímenes de odio.

La National Public Radio recuerda el análisis de Daryl Johnson, ex analista de terrorismo doméstico en el Departamento de Seguridad Nacional, quien durante el 2009 identificó el alza del extremismo de derecha en el país como respuesta al primer presidente de color.

Ahora, con un presidente que utiliza a los inmigrantes como chivos expiatorios de todos los males en el país, este fenómeno parece tener el impulso que faltaba.

“Cuando eres una persona en el poder, las palabras importan”, dijo Johnson al medio. “Cuando deshumanizas a tus oponentes, ya sean demócratas, medios, inmigrantes, personas de fe, de diferentes religiones, corres el riesgo de que alguien tome tus palabras y actúe en consecuencia”.

Este argumento ha sido particularmente importante para los Demócratas, en especial para aquellos que compiten por la nominación del partido en las presidenciales del año que viene.

Es por ello que la visita presidencial a las zonas afectadas por la tragedia en El Paso (Texas) y Dayton (Ohio) el pasado miércoles, se transformó nuevamente en un asunto de política nacional cuando el candidato demócrata Beto O’Rourke y la congresista Verónica Escobar – ambos representantes de El Paso – instaron al presidente a no visitar la región.

“Este presidente, que ayudó a crear el odio que hizo posible la tragedia del sábado, no debería venir a El Paso”, escribió O’Rourke en Twitter. “No necesitamos más división. Necesitamos sanar. (Trump) no tiene lugar aquí”.

En vez de conciliar y consolar, la respuesta de Trump fue la de utilizar el tiroteo como “una oportunidad para llegar a un acuerdo con los demócratas” que intercambie la verificación de antecedentes por un proyecto de ley que restrinja la inmigración legal y otorgue nuevos fondos para su muro fronterizo, según manifestó en Twitter.

Mientras tanto, y manteniendo el tono presidencial, la Agencia de Inmigración y Aduanas detenía a 680 inmigrantes indocumentados en todo Mississippi, en lo que es ahora la redada más grande en la historia del país.

Ambas partes han caído entonces en el juego de la culpa, mientras los fanáticos que creen en el eslogan presidencial se convencen cada vez más de que Donald Trump es un hombre que cumple con sus promesas.

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