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Fotografía de archivo (La Habana, enero de 1959) del líder cubano Fidel Castro (i), que conversa con Ernesto “Che” Guevara en el interior de un barracón poco después del triunfo de la revolución que ocasionó la caída de Fulgencio Batista.EFE
 
 
Fotografía de archivo (La Habana, enero de 1959) del líder cubano Fidel Castro (i), que conversa con Ernesto “Che” Guevara en el interior de un barracón poco después del triunfo de la revolución que ocasionó la caída de Fulgencio Batista.EFE
 
 

[OP-ED]: “12 horas inciertas que cambiaron mi vida para siempre...”

El año 1961 llegaba a su fin cuando desembarqué en la Florida tras una peligrosa jornada en un pequeño bote, prueba viviente de que las revoluciones –la cubana, dirigida por Fidel Castro, había triunfado en enero de 1959—son torbellinos capaces de remover el piso bajo tus pies antes de que puedas entender lo que está sucediendo.
Yo vivía en la hermosa playa de Varadero y jamás quise abandonar mi país.  Mis padres eran cubanos orgullosos, que inculcaron en sus cinco hijos el amor a nuestra isla y el respeto a nuestra historia.

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El año 1961 llegaba a su fin cuando desembarqué en la Florida tras una peligrosa jornada en un pequeño bote, prueba viviente de que las revoluciones –la cubana, dirigida por Fidel Castro, había triunfado en enero de 1959—son torbellinos capaces de remover el piso bajo tus pies antes de que puedas entender lo que está sucediendo.
Yo vivía en la hermosa playa de Varadero y jamás quise abandonar mi país.  Mis padres eran cubanos orgullosos, que inculcaron en sus cinco hijos el amor a nuestra isla y el respeto a nuestra historia.
Como la mayoría de los cubanos, me sentía feliz por la victoria de Castro. Odiaba a Fulgencio Batista, quien en marzo de 1952 había dado un golpe de estado y establecido una dictadura que asesinó a más de 20,000 cubanos, la mayoría jóvenes, y torturó y encarceló a muchos miles más.
Pero no tomó mucho tiempo para que el gobierno de tendencia socialista de Castro perdiera popularidad, especialmente con los ricos –entre los cuales no me contaba yo—que temían perder sus fortunas.
Tras la fallida invasión norteamericana de Playa Girón en abril de 1961, mi padre, dueño de una bodega en Varadero, fue condenado a cinco años de cárcel acusado de ayudar a alguien a salir del país ilegalmente y de “actividades contra la seguridad del estado”.
Eso fue suficiente para convencer a mi joven mente de la maldad del régimen y convertirme en su opositor.
Fue una reacción visceral que tendría consecuencias drásticas e irreversibles.
Una noche sin luna del mes de noviembre abandoné Cuba con dos amigos en un barquito. Uno de ellos tenía 19 años y el otro era un muchacho de 16 que buscaba reunirse con su padre en Chicago. Yo tenía 20 años.
Un ruidoso motor fuera de borda Johnson, una brújula de juguete, una linterna impermeabilizada con un condón, una bolsa de mandarinas y cinco galones de agua nos llevarían a través del traicionero Estrecho de la Florida. Improbablemente el bote de 14 pies logró llegar a la isla Marquesa al sur de las costas floridanas. Allí nos recibió un letrero de madera con una enorme diana roja que advertía que la isla era un campo de tiro de la marina y quien desembarcaba en ella lo hacía a su propio riesgo. Así que nos hicimos a la mar nuevamente y nos dirigimos a una plataforma petrolera que vimos en la distancia, donde trabajadores incrédulos alertaron a los guardacostas que nos llevaron a Cayo Hueso.
El viaje desde Cuba tomó 12 inciertas horas que transformarían mi vida para siempre.
Durante los 18 años siguientes, logré terminar la universidad, pero no sin antes haber sido mesero, bibliotecario, profesor y periodista en la Florida, Nueva York y Puerto Rico.
En 1979 viajé a Cuba con un grupo de exilados para participar en un diálogo controversial con el gobierno de Fidel Castro. El mismo resultó en la liberación de cientos de presos políticos y el establecimiento de vuelos chárter a La Habana en los que miles de cubanos pudieron volver para reunirse con sus familiares por primera vez en muchos años.
Recuerdo que mientras volaba de Miami a La Habana iba pensando con no poca sorpresa lo calmado que me sentía. Al llegar al aeropuerto me esperaba Jesús Díaz, un escritor y cineasta que moriría en España años más tarde.
“¿Cómo te sientes ahora que estás de regreso después de tantos años?”, me preguntó. No pude decir nada porque comencé a llorar como un niño. Al fin había vuelto a casa.
Después he regresado muchas veces, como periodista a cubrir entre otras cosas la visita del papa Juan Pablo II en enero de 1998, y en junio del 2002 el regreso a la Isla del niño Elián González. He vuelto también simplemente como cubano ansioso de llenar sus pulmones del aire dulce de la patria.
Fidel Castro, el líder histórico de la Revolución Cubana que tanto impacto tuvo en mi vida y en las de todos los cubanos en la Isla y fuera de ella, ha muerto. Pero los deseos de paz, independencia, justicia y verdadera reconciliación del pueblo cubano siguen tan vivos como siempre.

 

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