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Interdependencia

Las mesas, refrigeradores y alacenas de los países más afluentes están saturados de comestibles del Tercer Mundo.  Los accionistas de compañías transnacionales…

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Las mesas, refrigeradores y alacenas de los países más afluentes están saturados de comestibles del Tercer Mundo.  Los accionistas de compañías transnacionales productoras de fertilizantes e insecticidas no consideraron jamás la posibilidad de que sus propios hijos y nietos serían contaminados por los agentes tóxicos prohibidos hace décadas en el Primer Mundo, y que después exportaron irresponsablemente a países en desarrollo con un amplio margen de utilidad.  Hoy regresan  productos del campo tercermundista contaminados a los estantes de los supermercados del Primer Mundo.

Un anuncio muestra a todo color una calavera sobre una canasta de enormes y apetitosas frutas.  En el trasfondo se aprecia una avioneta que fumiga los vastos sembradíos junto a aguas cenagosas.  El mensaje: las frutas y verduras del Tercer Mundo representan un peligro de muerte al consumidor en países desarrollados.

La desenfrenada carrera sin escrúpulos de compañías transnacionales, y la ansiedad de producir más y a menor costo de los agricultores, lleva a los pueblos de la Tierra a descuidar la salud de las poblaciones y de los campos.  Los graves efectos de la producción irresponsable son cada día más escalofriantes.

Los griegos llamaban ‘cosmos’ al orden que rige a la naturaleza, motivo por el cual el desarrollo de sus ciudades trataba de imitar la belleza y el orden de las leyes naturales. Todo desarrollo urbano debía respetar el carácter moral del crecimiento: tomar en cuenta la esencia de cada ser, y la mutua conexión y dependencia en un sistema ordenado, el ‘cosmos’.  La ley moral prohibía utilizar irresponsablemente las diversas categorías de seres vivos o inanimados, animales, plantas, minerales.

Los griegos tenían la fuerte convicción de que los recursos naturales eran limitados.  La conciencia del ‘cosmos’ les prohibía moralmente usarlos con dominio absoluto, como si fueran inagotables; de hacerlo peligraba su futura disponibilidad, no sólo para ellos, sino para las futuras generaciones.

Se dice que de entre las responsabilidades y privilegios que nos brinda la vida, ninguno iguala en importancia la obligación de formar a la siguiente generación.  Pero nadie sabe exactamente en qué momento de la historia se perdió el respeto por la naturaleza.  Lo cierto es que las civilizaciones modernas han olvidado la relación del desarrollo con el carácter moral que debe regirlo: las consecuencias de manejar irresponsablemente substancias tóxicas de fertilizantes e insecticidas son evidentes en el deterioro de la calidad de vida tanto en el campo como en las zonas industrializadas.

Si preguntamos a alguien del Primer Mundo qué sentido tienen sus ambiciones, su vida ajetreada, nos dirá a menudo que se afana por dar a sus hijos una vida mejor: un acto de autotrascedencia.  Sin embargo, un paso más allá es obligado para tomar conciencia de las consecuencias que tiene para las futuras generaciones, pueblos y culturas el dar una “mejor vida” a los hijos de hoy.

El uso de los recursos y el modo de utilizarlos no debe olvidar el respeto a las exigencias morales del desarrollo de las que hablaban los griegos.  El dominio sobre las cosas y los seres de la Tierra confiada al hombre por el Creador no es un poder absoluto y, a mayor conciencia, no se habla ya de libertad para “usar y abusar”.  Un dicho popular dice que cuando escupimos al cielo, en la propia frente nos cae la baba.

Ante el irracional maltrato a la naturaleza y el agotamiento de las materias primas no renovables en las sociedades de consumo que hemos creado, surge la imperiosa necesidad de sentido en la evolución de la conciencia humana.  La vinculación de la supervivencia con el respeto al universo deja de ser una experiencia sólo para los místicos, y se convierte en parte de la ciencia, la cual se une así más de cerca a la vida.

La historia humana es inseparable de la historia de su medio-ambiente, y registra fielmente tierra y aguas contaminadas, aire envenenado, viviendas insalubres, transporte contaminante y relaciones sociales violentas que se dan tanto en los países pobres por el desconocimiento del cuidado al medio ambiente, como en los países afluentes al producir substancias tóxicas y exportarlas con enormes ganancias sabiendo sus consecuencias.   

Urge que la humanidad se vuelva conciente de su relación con el cosmos.  Esta relación no pretende tener un conocimiento exacto del universo, sino conocer el papel que cada uno de los integrantes de la Tierra desempeña en ella: el sentido de cada vida humana, cada pájaro, cada flor.  El respeto a la tierra, al aire y al agua no tolera la contaminación del espacio donde vivimos. Ninguna empresa nacional o internacional tiene el derecho de agredir o destruir lo que el inmenso proceso de evolución tardó billones de años en construir. No nos es permitido exterminar lo que no hemos creado.

El respeto a la vida exige un  equilibrio  en el juego de relaciones que reúne a todos los seres que dependen unos de otros para existir, así como un proyecto de desarrollo que respete los derechos del ambiente y la justicia ecológica.

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