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Los integrantes de La Fania All Stars. 1980. Judy Morales/Fania Records.
Los integrantes de La Fania All Stars. 1980. Judy Morales/Fania Records.

De vuelta a la cruzada de la identidad

Como los ritmos, somos muchos y el mismo.

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Pensemos en tres géneros musicales icónicos de América Latina: la cumbia, el tango y la salsa.

La cumbia, que hoy inunda todo el continente, nace del encuentro entre las flautas indígenas y los tambores africanos en el contexto de la colonia española. Surgió en San Jacinto, al norte de Colombia, peregrinó por los Andes hasta llegar a la Argentina y subió hasta México.

El tango tiene influencias africanas en los giros de las caderas de la pareja, que en el abrazo crearon el estilo característico del baile, y encuentra la guitarra traida de España (de origen árabe) con el bandoneón: un instrumento alemán, diseñado inicialmente para ser un órgano portátil en servicios fúnebres rurales, pero que acabó siendo el sonido característico de esa música que pensamos como dolorosa, nostálgica y sensual.

La salsa empieza en Nueva York, con la competencia en los salones de baile entre big bands negras y conjuntos de músicos cubanos inmigrantes en la segunda década del siglo XX, que en la competencia por el público empezaron a complementarse. Allí los ritmos antillanos encontraron la agresividad de los vientos de cobre y la salsa cobró sus trombones y trompetas características, para cocerse en el fuego de la Hells Kitchen y así los hijos de los latinos más pobres del Bronx le regalaron al mundo el milagro de la salsa brava.

Todos podemos estar de acuerdo en que esos tres ritmos son ritmos latinos, pero con este recuento tan breve ya queda claro que ninguno de ellos está exento de la influencia de otras regiones y comunidades: porque la identidad latina –como todas – no se hace de la nada, sino en el ir y venir de nuestros encuentros y desencuentros y en la manera en que contamos y nos cuentan los frutos de esas uniones.

Esta semana nos hemos preguntado por cómo la manera en que narramos y desdecimos nuestras historias impacta nuestras vidas, por cómo y en qué espacios decidimos hacernos dueños de esas narraciones que acaban definiendo la identidad latina, que es tan nuestra y a la vez de tantos otros.

Los estudios étnicos son una de las rutas posibles para ese ejercicio de empoderamiento y autoridad sobre nuestros recuerdos y encuentros futuros y este número es uno de los muchos momentos en que vamos a volver a preguntarnos qué es ser latino y por todas las mezclas inesperadas y ricas que nos han llevado a ser nosotros de tantas formas diferentes.

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