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Destiny Martínez, de 18 años, vota por primera vez en la votación anticipada de Power California para los estudiantes del Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles, el 24 de octubre de 2018 en Norwalk. Photo: Getty Images.
Destiny Martínez, de 18 años, vota por primera vez en la votación anticipada de Power California para los estudiantes del Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles, el 24 de octubre de 2018 en Norwalk. Photo: Getty Images.

Perspectiva: Europa sigue sin entender el enigma del voto latinx en EE.UU.

Que si todos los latinx son demócratas, que si Biden gana, que si igual no. ¿Existe el comodín de la llamada también en el análisis político?

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A poco que se googlea a los principales periódicos españoles sobre las elecciones norteamericanas, te invade un estado de confusión que sólo comprendería Groucho Marx. La parte contratante de la parte contratante de la comunidad latinx en U.S., digamos...

Analizar un fenómeno como el de voto latinx en el país es complicado incluso para un avezado analista político -en 2016, la mayoría de las encuestas daban la victoria a Hillary Clinton y el milagro no llegó, aún contando con un buen puñado de votos latinx; ahora el mundo conocido, es decir, España confinada y sus medios, atisban algunos días que la victoria será de Trump y algunos días que será de Biden. Pero sobre todo vinculan la victoria del demócrata con el voto latinx, que, carne de generalizaciones constantes, parece detestar a Trump en masa y amar, o como mínimo aceptar, a Joe Biden, quien entre sus puntos a favor ostenta el de no llamarse Donald Trump. 

Pocos son los medios que se han acercado al fenómeno del voto latinx desde una óptica amplia, entendiendo a los hispanos como un conjunto plural y muy diverso de nacionalidades y experiencias vitales, e incluso se ha llegado a tratar en algunos casos a los potenciales votantes y partidarios del republicano Trump, entre ellos Latinos for Trump, como un extraño grupúsculo de freaks. 

En un curioso giro de la tortilla (española), el enviado especial del diario ABC publicaba hace escasos días el triste hostigamiento que viven aquellos latinx que “valientemente” apoyan a Trump, empezando por la historia de un matrimonio de Arizona que fue amenazado por su adhesión al republicano y cómo el presidente salió en su defensa. El titular era el siguiente: “El precio de ser hispano y apoyar a Donald Trump”.

Otros, como El Periódico, abordan al amplio electorado latinx como ese Gigante dormido que por fin despierta, mientras diarios como El País y El Diario.es intentan deshojar el misterio del voto latinx y los tópicos habituales que están en boca de los españoles, como que la migración sea la principal preocupación de la mayoría de los hispanos -o que todos o muchos de ellos sean indocumentados-, cuando un 75% del electorado latinx, cita el periódico, nació en el país. 

“El tema migratorio nos preocupa y molesta porque vemos nuestros pasados y vemos la separación de familias, el trato que les dan. Pero los temas más importante son la economía, la educación, la salud, el medio ambiente y, sí, una reforma migratoria después. Porque casi el 80% de nosotros tenemos un conocido o familiar que llegó indocumentado”, declaraba el fundador de Mi Familia Vota, Ben Monterroso, al medio español. 

Unas veces despertamos con que la influencia de Biden en la comunidad latinx es casi de "hermanamiento"; al día siguiente al propio Biden le preocupa que está perdiendo la confianza de los latinx. Dos días más tarde, el culebrón se extiende y resultan ser las mujeres latinas quienes son en su mayoría demócratas y los hombres, especialmente quienes vienen huyendo de países socialistas, quienes apoyan en masa a Trump.

A horas de las elecciones, lo único que se sabe, como dijo el filósofo, es que no se sabe nada. A excepción de que los 62 millones de latinx en el país, de los cuales votarán la mitad -y eso suponiendo que el mundo sea perfecto y la campaña para animar al voto haya surtido su efecto- son tan diferentes entre sí y les mueven tantas cosas, especialmente en un contexto de pandemia, posverdad y una galopante crisis económica, que reducirlo todo a colores es en buena medida otra forma de jugar al espejismo; la otra cara de la propaganda electoral que encasilla y siembra estereotipos. 

Un periodismo cheerleader.

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