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Nosotros los latinos: ¿De dónde venimos y para dónde vamos...?

Si no conocemos nuestro pasado difícilmente podremos

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Si no conocemos nuestro pasado difícilmente podremos imaginar nuestro futuro.

Una comunidad que no conoce su pasado, es como una criatura que vacila acerca de su porvenir, producto de una inseguridad esencial de no saberse realmente de dónde se viene y quién se es.

Somos como los huérfanos. Viviendo, encima de eso, en una casa ajena.

Si no sé quienes fueron nuestros padres, ¿cómo podré guiar mi destino, o guiar el de mis hijos?

Si no siento ésta como mi propia casa, ¿cómo voy a sentir la confianza en mí mismo, esa confianza esencial que se siente viviendo bajo un techo propio?

Éste es el dilema más grande de los Latinos en los Estados Unidos, donde el sistema educativo formal incluye los capítulos de todos los otros grupos étnicos y, con frecuencia, ignora la historia y las contribuciones hechas por la etnia Latina a la historia de la nación norteamericana.

Nuestros hijos, que se educan en ese sistema de educación, como consecuencia, vacilan acerca de quiénes son. 

Se pueden hasta avergonzar de no ser “White”, o “Black”, or “Native American”, or “Asian American”, la nomenclatura simplista en que históricamente se han categorizado los seres humanos en los Estados Unidos de Norteamérica.

¿Quienes somos? Quizá un poco de todos ellos.. 

¿De dónde venimos? De todas partes.. 

¿Para dónde vamos? Quizá seamos nosotros los llamados a verdaderamente integrar la nación norteamericana y hacer irrelevante la división por razas y, mejor aún, eliminar el trauma del racismo...

Éstas son preguntas simples, con respuestas complejas, que nuestros jóvenes en las comunidades Latinas de todo el país no responden con tanta rapidez como lo harían, por ejemplo, los Coreanos, los Judíos, o los Irlandeses.

Rememorar nuestra historia, porque esa historia existe y es muy rica, es un ejercicio que la comunidad Latina de los Estados Unidos debería hallar como paso esencial y fundamental para su futuro desarrollo.

Los políticos serían quizá así un poco más profundos, los empresarios un poco más seguros de su capacidad de serlos, y los líderes cívicos y religiosos un poco más escrupulosos en la responsabilidad social que les compete en este momento de la historia.

La historia no es el oscuro aposento de nuestro pasado.

Puede sí ser la luz que debe iluminar nuestro brillante futuro.

AL DIA inicia con esta edición una modesta contribución al objetivo común de ensamblar esa historia, principalmente para beneficio de las nuevas generaciones que, no tenemos ninguna duda, están llamadas a transformar a Filadelfia, y, a lo largo y ancho del país, toda la sociedad norteamericana.

 

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