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“La preciosa Amazonía está al borde de la destrucción funcional y, con ella nosotros también”, Carlos Nobre y Thomas Lovejoy. Foto: Mario Tama/Getty Images.
“La preciosa Amazonía está al borde de la destrucción funcional y, con ella nosotros también”, Carlos Nobre y Thomas Lovejoy. Foto: Mario Tama/Getty Images.

Alerta climática en el Amazonas: “El punto de inflexión es aquí y ahora”

Los científicos advierten de que la selva se convertirá en una sabana antes de lo previsto. ¿Tenemos aún una oportunidad?

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Hay una paradoja filosófica utilizada muchas veces para reflexionar sobre el origen del universo que dice: “Si un árbol cae y nadie lo escucha, ¿hace algún ruido?”. Llevando el viejo dilema a la cuestión de la Amazonia se podría decir que aunque haya un observador -cientos de miles de millones- que perciba el sonido, o mejor dicho, divise el fuego de los incendios y la extinción de todo, seguiremos actuando como si el árbol no hubiese caído.  ¿O no?

Dos de los más reputados expertos en cambio climático del mundo, Thomas Lovejoy y Carlos Nobre, afirmaron en un editorial conjunto publicado en Science Advances: 

“La preciosa Amazonía está al borde de la destrucción funcional y, con ella nosotros también”, escribieron. “Hoy, nos encontramos exactamente en un momento de destino: El punto de inflexión está aquí, ahora”. 

Ambos decidieron dar la voz de alarma tras darse cuenta de que todos los pronósticos sobre ese llamado “punto de no retorno” al que los científicos se refieren y que producirá cambios irreparables en el sistema climático se han superado, y aunque queda todavía alguna esperanza; por ejemplo, que empecemos a reforestar la selva para contrarrestar su rápida conversión en una sabana o que reduzcamos las emisiones de carbono, la Tierra también están aumentando las emisiones. 

Así lo apuntaba Washington Post en un artículo, donde sumaba no solo la deforestación del Amazonas, sino las recientes noticias sobre el deshielo del Ártico y la consecuente emisión a la atmósfera de gases que se encontraban hasta ahora bajo el suelo helado. 

Este es el futuro que se avecina, aunque no escuchemos al árbol caer…

La “sabana” amazónica

Un 17% de la Amazonia -5,5 millones de km2 es su extensión total- está deforestada. La mayor parte de la desvastación se encuentra en territorio brasileño donde, recordemos, el gobierno Bolsonaro ha dejado la selva en manos del mercado, negando su destrucción. 

Tanto Lovejoy como Nobre -duramente perseguido este último por Jair Bolsonaro- temen que pronto los árboles, que absorben grandes cantidades de lluvia y desprenden niebla que ayuda a la agricultura y sostiene innumerables especies, no serán suficientes para reciclar las precipitaciones. Lo que ocurrirá entonces, es que gran parte del bosque lluvioso se convertirá en un ecosistema de sabana más seco y los patrones de lluvia cambiarán en la mayoría de Sudamérica. 

Varios cientos de miles de millones de toneladas de dióxido de carbono -asegura WP- será emitidas a la atmósfera, perjudicando el cambio climático como si de un dejarse vencer de la naturaleza se tratase. 

Ese punto de no retorno o inflexión “está mucho más cerca de lo que anticipamos”, advertía Nobre en una entrevista. 

Lo más preocupante es que ya son incapaces de predecir cuándo; más si se tiene en cuenta que desde finales del siglo XIX, las actividades humanas -la continua deforestación fruto de la ganadería y los cultivos extensivos-, junto a los incendios forestales -a menudo producidos por esas mismas actividades humanas- y el aumento de la temperatura han hecho que el calentamiento global llegue a 1 o 1,8 grados Fahrenheit. 

Pero la emergencia amazónica no es una catástrofe aislada... 

El Ártico derretido

“Subestimado por la ciencia climática”, así describía Stefan Rahmstorf, del Instituto de Investigación del Impacto Climático de Postdam, en Alemania, el velocísimo deshielo de Groenlandia y del permafrost del Ártico que, al descongelarse, podría estar empezando a llenar a su vez la atmósfera de gases de efecto invernadero que se encontraban bajo el suelo congelado. 

“Todo esto se debe en parte -aseguraba Rahmstorf- a que no podemos capturarlos bien en nuestros modelos”. Sobre todo, si se tiene en cuenta que gran parte del Ártico ya se ha calentado dos grados. 

Por un lado, las pérdidas de las capa de hielo de Groenlandia se han acelerado en las últimas décadas, pasando de 33,000 millones de toneladas perdidas al año en 1990 a un promedio de 254.000 millones de toneladas anuales en la actualidad. 

Groenlandia azotada por el calor y el deshielo. Foto: Sean Gallup/Getty Images.

“Groenlandia está perdiendo hielo más rápido de lo esperado, en parte porque los modelos climáticos no son buenos para predecir eventos extremos de derretimiento, pero también porque muchos de los glaciares más pequeños de la capa de hielo han comenzado a acelerarse también", dijo Andrew Shepherd, glaciólogo de la Universidad de Leeds en Gran Bretaña, quien dirigió el último estudio. "Así que el [peor] escenario ahora se convierte en un negocio como de costumbre".

Pero el Ártico es, como sugieren, un emisor de dióxido de carbono. Lo que supondría un cambio profundo e irreparable para una región que incluye grandes extensiones de Alaska, Canadá, Siberia y Groenlandia.

Así que no habrá solo que preocuparse por las fallidas políticas para reducir las emisiones de carbono a la atmósfera, sino de cómo la selva amazónica y el Ártico responden, por su parte, a la cerrazón humana emitiendo aún más gases conforme los árboles amazónicos desaparecen y el hielo se derrite. 

Todo suma en esta cuenta atrás. No obstante, de nosotros depende también la velocidad de este conteo. Por algo son “advertencias” y no “profecías”.

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