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"El gabinete del ocio," by Venezuelan author Fedosy Santaella, is a collection of essays that was recently published. 
"El gabinete del ocio", por el autor venezolano Fedosy Santaella, es una colección de ensayos recién publicada.  

Autor venezolano habla sobre la literatura, los vampiros, y cómo convertir el dolor en poesía

"Para mí la literatura ha sido una de las cosas más importantes en la vida. No he sabido hacer más nada sino escribir". 

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Fedosy Santaella es uno de los escritores venezolanos más destacados del momento. Escritor de novela, cuento y poesía, algunos de sus textos han sido traducidos al inglés, chino, esloveno y japonés. 

Fue finalista del Premio Cosecha Eñe (2010) en España, ganador del Concurso de Cuentos del diario caraqueño El Nacional (2013), finalista del Premio Herralde de novela, ganador del Premio de Novela Corta Ciudad de Barbastro en España (2016) y mención de honor en la 1ra Bienal de Poesía Eugenio Montejo (2017), en Caracas. 

Sus dos últimas novelas, Los nombres y El dedo de David Lynch, fueron publicadas por la editorial española Pre-Textos, su poemario Tatuajes criminales rusos por Oscar Todtmann editores y El gabinete del ocio, su libro más reciente, acaba de ser publicado por la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas. 

El gabinete del ocio es un libro inusual, con ensayos pensados cuidadosamente, y una mezcla de temas que varía desde los vampiros a Sherlock Holmes, recuerdos de infancia, tatuajes de criminales, Boris Vian, monjes medievales y mucho más. 

Conversé con él sobre el origen y desarrollo de este libro, sobre su proceso creativo estando expatriado en México y las personas que siguen haciendo cultura en Venezuela, a pesar de la tormenta económica por la que pasa el país. 

Para quienes no te conocen, ayúdame a presentarte: ¿quién es Fedosy Santaella? 

Yo siempre he creído que el epitafio de mi tumba debería decir “Bueno, yo lo intenté”. Yo soy una persona que siempre lo estoy intentando. Intentando ser mejor persona, mejor escritor, mejor padre, mejor ser humano. 

Para mí la literatura ha sido una de las cosas más importantes en la vida, no he sabido hacer más nada sino escribir. Si hubiera sido médico se me morirían los pacientes, si fuese ingeniero se me caerían los puentes, así que no me quedó otra sino escribir y amar la literatura. Me gusta mucho el conocimiento.  

¿Cuál es el origen del Gabinete del ocio?

Hace muchos años, en una ciudad donde viví, Valencia, la capital del Estado de Carabobo, hice amistad con un locutor, porque me ofrecieron hacer un programa de radio. Y el programa de radio era en una emisora de jazz, era en la franja nocturna: empezaba a las 8 y estaba hasta las 11. 

Entonces era para nosotros una tremenda oportunidad: le caímos bien al gerente e hicimos el programa. Podíamos poner la música que quisiéramos en ese horario, pero además se nos dio por hacer un programa que se llama El arte del ocio, y mira que el libro se llama El gabinete del ocio. 

En este programa mi amigo José Abel y yo, que era el otro locutor, lo que hacíamos era que durante el día investigábamos cosas, cada quien por su lado, y luego nos reuníamos en la radio y conversábamos. No era un programa pre-producido, nos podíamos a conversar como si estuviéramos en la sala de la casa. 

Luego yo me quedé con esa idea del gabinete del ocio, y lo transformé en este libro, que es esa posibilidad de hablar libremente de una cantidad de cosas que me interesan y meterlas en esta especie de museo antiguo o pre–museo donde a cada sala le tocase distintos temas o curiosidades. De hecho, algunos de esos ensayos, historias y perfiles han aparecido ya en páginas web, en revistas digitales, y lo que hice fue reunirlas y repensarlas bajo esta idea del gabinete. 

Muchos de los textos del Gabinete tienen en común abordar temas que son tabú, “oscuros”, o que en principio tienden a producirle un poco de aprensión a la gente, pero a medida que te acercas a mirarlos con detenimiento, van dejando de ser asustadores. 

Sí. Por ejemplo, hablando de los vampiros: desde mi perspectiva, el estudio de los vampiros siempre fue desde la perspectiva semiótica, histórica y literaria. Pero, por lo general, uno dice “vampiros” y la gente se asusta y sale corriendo. 

De hecho, yo hice varios eventos, como profesor investigador en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), en relación con la literatura de vampiros y, por supuesto, en el centro donde yo estaba con los otros investigadores se reían de mí. “Ahí está Fedosy, con una de sus loqueras de vampiros”. 

Pero, justamente, me gusta darle otra mirada a las cosas y profundizar en ellas. Me interesa, en el tema de los vampiros, lo que realmente significan desde el punto de vista histórico: el vampiro es el otro. Los vampiros nacieron en esta frontera Serbia, Croata, que era el imperio Turco Otomano, y si uno se pregunta por qué: es el miedo al otro. El vampiro es la metáfora o la imagen del extraño. En este caso, de los turcos. 

Vlad El Empalador, que era un caballero Dracul, es la imagen de aquel europeo que rechaza lo distinto a él: come distinto, habla distinto. Esta idea me surgió leyendo los orígenes de la literatura desde lo folklórico, de la literatura ya impresa, autoral, como Bram Stocker. Me surgió esa curiosidad, ¿será que esta literatura es realmente la imagen del extranjero? Ahí, evidentemente, hay una idea de xenofobia. 

Por ahí me fui adentrando en la investigación y me encontré mucho con la idea del otro, del doble, el gemelo maléfico. Me gusta adentrarme por esos terrenos, y buscarle esa parte seria a lo que la gente no considera tan serio. Por ejemplo, Sherlock Holmes, fue durante mucho tiempo considerado como entretenimiento, pero ¿cuánto hay de calidad literaria ahí? ¿Y cuánto se puede decir desde el punto de vista literario sobre la literatura de Arthur Conan Doyle? Así me voy metiendo en las raíces y hacia la literatura popular para conseguir algo más serio y más profundo. 

Uno de los capítulos del libro es sobre los tatuajes de criminales y el año pasado sacaste Tatuajes de criminales rusos, tu poemario. Pareciera ser un tema que te persigue. 

Sí. Los tatuajes me han interesado mucho desde una perspectiva simbólica, espiritual, yo mismo tengo tatuajes. No tengo muy claro cómo llegué a los tatuajes criminales rusos, pero siempre me ha interesado meterme por esos caminos de Rusia, Ucrania, Polonia.

De algún modo lo que sucede en Venezuela tiene que ver con ese socialismo soviético, que estuvo allí durante tanto tiempo. Hay un paralelismo allí interesante entre lo que ocurre en Venezuela del punto de vista de este supuesto (o no) socialismo y lo que ocurrió en la Unión Soviética. Allí yo me fijo en los criminales rusos, no por victimizarlos ni por ponerme de parte de ellos, pero sí son en muchos casos víctimas de un sistema. Que fueron llevados hacia allá por un estado aplastante, empobrecedor. 

Los tatuajes sirvieron para contar el alma de estos hombres que son criminales pero que también son aquellos que padecieron el socialismo soviético. Son una metáfora también de lo que ocurre en Venezuela.

En Gabinete del Ocio me interesaron los tatuajes desde el punto de vista semiótico e histórico. Pensar el tatuaje como una escritura sin palabras que dice lo que no se puede decir. Y su relación con el mal y la libertad, fue lo que me interesó en el ensayo. Me detengo en el momento histórico, que además es muy interesante porque las mujeres toman un papel protagónico en la historia norteamericana del tatuaje. Y Foucault también se ha fijado en la significación del tatuaje, que es una escritura que te lleva a otro lado, que coloca tu cuerpo en otra parte, y de alguna manera te hacen mejor de lo que eres. 

La observación de Foucault en relación a los prisioneros rusos es maravillosa porque, a través del tatuaje, el criminal está diciendo quién es fuera de prisión. Es una escritura que está diciendo quién eres, incluso cuando pareciera que no puedes decirlo. Y como símbolo del mal, porque el mal es una consecuencia de la libertad, y la libertad del tatuaje está en el transgredir el cuerpo. 

El poemario lo publicaste cuando ya vivías en México, ¿dónde lo escribiste? ¿En México, en Venezuela?

Lo escribí en Venezuela. En esos años ya horrendos entre la muerte de Chávez y la aparición de Maduro. Estuvo guardado durante un tiempo. A mí me encanta la poesía, pero me cuesta mucho escribirla, entonces el libro fue pasando de mano en mano entre amigas poetas: Jacqueline Goldberg, Eleonora Requena, ellas son de alguna manera las madrinas de mi libro. El libro cambió mucho gracias a los consejos de ellas. 

Luego lo entregué a una editorial venezolana, y todo el proceso de edición fue ya estando yo en México. 

¿Y el Gabinete, fue también estando ya en México, lo escribiste en varias partes? ¿Cómo fue?

El Gabinete tiene algunos textos que fueron ya publicados en otras páginas de internet, como El Estímulo. Es una recopilación de textos que escribí a lo largo de unos 4 ó 5 años. 

Por supuesto, después de publicarlos en internet los modifiqué, los hice un poco más académicos y los perfeccioné, corregí. Muchas veces fueron escritos con una premura de entrega dada por la presión semanal. 

Los volví un poco más académicos sin perder el que fueran textos muy libres. Y luego se lo entregué a la editorial de la Universidad Católica, yo todavía estaba en Venezuela cuando entregué el libro hace casi dos años. Lo entregué y estuvo esperando dos años, publicar ahorita en Venezuela es un privilegio

Yo estaba en México cuando me escribieron para decirme que el libro tenía ya portada. 

¿Qué estás escribiendo ahora? ¿Cómo va tu proceso creativo en México?

México me encanta. Tiene una cultura impresionante en todo: la música, comida, la literatura… esta gente se lleva por delante a muchísimos otros países, es maravilloso.  

He estado escribiendo acá, lamiéndome las heridas. Ahora voy a publicar allá en Colombia con la editorial Taller Blanco Ediciones, formada por un poeta colombiano y dos venezolanos. Las ediciones son pequeñas y además muy lindas porque son libros ecológicos, cosidos a mano, el papel es reciclado… y han publicado a autores diversos: de Colombia, España, Venezuela… 

El libro que publicaré con ellos se llama Retablo de Plegarias. Está dividido en cuatro partes y es sobre lo que está pasando en el país. Son textos que están entre lo poético y lo narrativo. Estoy tratando de escribir textos que no estén definidos por un género. La primera parte es sobre estar en el país, el caos. 

La segunda parte es más nostálgica, melancólica, donde hablo de la Caracas de los años 90; son entre crónicas y cuentos. La tercera parte son poemas largos, que hablan sobre el dolor de irse de una patria, pero dicho de una manera muy metafórica, hablando de México, de Islandia, de Estados Unidos… y, de alguna manera, estos poemas que hablan de otros lugares hablan de la migración. La cuarta parte es ya la voz poética fijada en ese otro lugar, que es México. 

Es lo que esta voz poética se trajo de su país a ese otro país. Por ejemplo, las llaves de mi casa. Yo tengo mi casa allá en Caracas, pero está cerrada, está vacía, no la podemos vender ni la podemos alquilar. No la podemos vender porque nos la van a comprar a precio de nada, y no la podemos alquilar porque corremos con el riesgo de que no nos la devuelvan. 

Entonces hablo de las llaves, que tengo aquí encerradas en una gaveta. Hablo de mis abuelos, que son Ucranianos, que se fueron por la guerra para Venezuela. Cuando ellos murieron yo me quedé con unas cruces y un escudo ucraniano, que les hizo un amigo de mi abuelo a mi abuelo. Eso estaba en mi casa en Caracas y ahora están aquí en México.

Esa espada y esa cruz no dejan de ser parias.  Hablo de mis libros, de los libros que me traje. Es doloroso, pero trato de transformar ese dolor en literatura y en poesía. 

Ahora mismo estoy escribiendo una novela, sobre una madre sola en Venezuela. Sus hijos se fueron, su esposo está muerto, ella tiene 60 años. Y es la historia de esta mujer sola viviendo la historia de la revolución. Hace un viaje a México, está con sus hijos allá, pero se regresa.

Es un poco el relato de todas estas personas mayores que están en Venezuela, que tienen su casa o su apartamento ya comprado. Sus hijos se van, y quedan solos. Pasan noches terribles porque se va la luz. Es la historia dolorosa de esta mujer que, además, no se quiere ir de su país porque es su casa, y porque no se va a dejar vencer por la revolución. Yo narro la historia como si esta mujer fuera un fantasma. 

Y a esta mujer lo que la acompañará son sus fantasmas, ¿no?

Sus fantasmas son su marido muerto, el pasado que ella vivió. Nada de eso que entre su marido y ella lucharon existe ya, todo eso lo perdió y lo perdió por la revolución. Ella intenta tener un romance pero no puede. 

Es muy duro para una persona entender que los fantasmas no solo le crecen porque suceden cosas desagradables, sino porque el tiempo pasa. 

Claro. Y la degradación del país está presente también. Mucha de la gente mayor ya trabajó, ahorró y quiere simplemente tener una vida tranquila a pesar de la vejez y de la enfermedad. Pero estas personas de todo lo que tuvieron evidentemente no tienen nada, y no lo tienen por la revolución, eso es más doloroso aún. 

Ya son abuelos, y en otro país donde la situación sea más estable, tendrán sus nietos y a sus hijos. Pero estas personas no. Esa pérdida no se da por la edad, sino porque la revolución ha sacado todo, hay un montón de gente del país buscando afuera una forma de sobrevivir porque allí ya no es posible. 

Por supuesto, mi mamá también está ahí, y por eso es doloroso escribirla. 

¿Tú crees que la escritura de esta novela es un gesto político y contestatario o es algo que coincide?

Es una necesidad. Yo podría escribir una historia de un ministro o del chavismo, o de algún perverso sexual, y denunciar de una forma más panfletaria, y más explícita, podría crear una novela política. En este caso yo también estoy escribiendo una novela política, pero también es sumamente íntima. Y creo que ahí está la diferencia. 

Entre escribir una novela política que cuente los grandes eventos políticos que te cuente con fechas, pelos y detalles, como suelen ser las novelas histórico políticas. Y esta que lo que hace es irse a la intimidad del personaje, y demostrar todo lo que está sufriendo en la revolución. Es, por supuesto, un manifiesto político, pero la perspectiva es más íntima. 

A mí me toca personalmente porque el personaje que estoy construyendo es también mi mamá. Que sus dos hijos están en el extranjero y que ella la está pasando realmente mal allá en Venezuela. 

Yo me la traigo y se está un par de meses, pero se quiere quedar allá, es que esa es su casa. Así el país esté mal. Ella ya hizo su vida, y aunque esa vida se le derrumbó, quiere permanecer en su casa, esa casa que es parte de su espíritu, de su alma. Casa que es también otro fantasma. 

Una forma de convivir de los propios dolores es nombrarlos, y por eso se escribe. 

Sí. Y a eso agregar que hay un dolor que te lo están imponiendo: de una facción del Estado que destruyó un país. Pero ese dolor es uno que no va a desaparecer por más que lo escribas. Aunque, si lo escribes, ese dolor es tuyo, y se convierte en tuyo cuando lo conviertes en belleza. Ya no puedes ser herido por el dolor de ellos, sino que ahora es tuyo y te da fuerza. 

Es ahí donde está la clave de la poesía y de la literatura, en relación a la política y a los Estados opresores. Y tiene que ver también con los poetas rusos, que convirtieron todo ese dolor de la Unión Soviética en una poesía bellísima que todavía nos habla. 

¿Qué estás leyendo para estos días?

Me releí Aura (de Carlos Fuentes). Releí completo a Juan Rulfo: Pedro Páramo, El llano en llamas. Y estoy leyendo mucha literatura contemporánea mexicana como Guadalupe Netel, Antonio Ortuño, Alberto Chimal. Y otros autores contemporáneos latinoamericanos como Samanta Schweblin. En poesía he estado leyendo a Mark Strand, Nicanor Parra y Manuel Vilas. 

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