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Juan Rulfo. Photo: Noticias sobre Juan Rulfo, de Alberto Vital.
Juan Rulfo. Photo: Noticias sobre Juan Rulfo, de Alberto Vital.

35 años sin Juan Rulfo

Pionero del realismo mágico, el mexicano fue además de un cuentista y novelista excepcional, guionista y fotógrafo.

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Hay dos comienzos de novelas que todo letraherido se conoce de memoria, uno de ellos es el inicio de Cien Años de Soledad, de García Márquez, y el otro, la frase con que da comienzo Pedro Páramo (1955), la soberbia y única novela del mexicano Juan Rulfo que estuvo censurada en España durante la dictadura:

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo...”.

Hay una idea bastante extendida de que Rulfo solamente escribió dos obras -la otra es el libro de relatos El Llano en Llamas (1953)- y luego, por más de veinte años, se dedicó a justificar su “sequía creativa” ante la insistencia de todo el mundo para que publicase, diciendo que lo que ellos querían es que escribiese un mal libro. 

Sin embargo, Rulfo, en quien muchos quieren ver un personaje tan misterioso como los fantasmales aldeanos de Comala, sí siguió creando y su soberbia imaginación abarcó mucho más que las páginas de un libro. El séptimo arte fue su gran pasión (y le llenó la nevera).

En un soberbio artículo publicado hace unos años en Milenio, Roberto García Bonilla citaba cómo el cine y la fotografía se convirtieron en algo esencial para Juan Rulfo (1917-1986) desde los años que pasó en un orfanato en Guadalajara y todavía más allá, cuando ingresó como seminarista y fue expulsado del seminario por suspender Latín. 

“Tenía una camarita Agfa de cajoncito -recordaba el escritor, que había ganado ya algunos premios de fotografía-. Me costó once pesos de segunda mano. El revelado y las impresiones me las hacían en los laboratorios Julio, en Guadalajara. Estaban frente al cine”. 

Autorretrato en el Nevado de Toluca (Estado de México) década de 1950.

Aunque el mexicano siempre mantuvo que tanto la fotografía como la literatura eran para él meros pasatiempos, ambas se alimentaron mutuamente y encontraron en el cine, tras la publicación de El Llano en Llamas y Pedro Páramo, la mejor forma de rendir tributo a los cineastas que adoraba, como Frank Capra o Robert Siodmak y su La escalera de caracol.

Quizás, un poco también porque el escritor de cine puede guardar su anonimato mucho mejor que el novelista -carece de la petulancia que se le impone al libro y a su autor. Además de ser una profesión bastante más rentable. Y, de hecho, Rulfo se ganaba la vida escribiendo guiones y adaptaciones comerciales, como hicieran Faulkner y otros muchos, y trabajó también como supervisor de filmaciones -es decir, censor de escenas que denigrasen la imagen de México en las películas. Una función que también realizaron en algún momento autores como Elena Garro o Carlos Fuentes. 

“Se supone que tenía que vigilar que todos los indios, los campesinos que salieran en la pantalla, llevaran huaraches, para que no fuera a pensar la gente que en México andan descalzos, y terminaba haciendo que les compraran huaraches a todos los del pueblo”, recordaba Rulfo.

En 1955, el mexicano participó en la filmación de La escondida, de Roberto Gavaldón, una adaptación de la novela de Miguel N. Lira, donde se dedicó a supervisar la verosimilitud histórica de la cinta. También retrató como fotógrafo a personajes tan conocidos del momento como el propio Lira o la actriz María Félix. 

Casa en ruinas en Actipan Tlaxcala (1955). FUNDACIÓN JUAN RULFO

Rulfo y Gavaldón realizaron el documental Terminal del Valle de México, subiéndose en los techos de los vagones y sobrevolando Ciudad de México en avioneta, para captar más de un centenar de instantáneas de trenes y estaciones que raramente figuran en las escuetas biografías sobre el padre de Comala. 

También participó en el guión de Paloma Herida (1962), una película mexicano-guatemalteca dirigida por Emilio Fernández con no demasiada buena prensa y escribió, o mejor dicho “ensambló” de forma experimental, un texto que sirvió para el cortometraje El despojo (1960) y cuyos diálogos el jalisqueño iba inventando sobre la marcha durante el rodaje.

Según García Bonilla, el texto leído en off por Jaime Sabines en el mediometraje La fórmula secreta (o Coca Cola en la sangre, 1964), considerada una de las mejores películas del cine, también fue escrito por Juan Rulfo. 

Muchos de estos textos que se emplearon en el cine fueron publicados en 1980 junto a El Gallo de Oro, una nouvelle de Rulfo que escribió poco después de Pedro Páramo y de la que siempre desdeñó, considerándola un cuento malo y un script.

Si bien el mexicano adaptó numerosas novelas al cine, era muy reticente con la adaptación de las suyas. Y no es para menos; como fotógrafo y como escritor, sentía perder el control de sus historias.

Aunque no pudo evitarlo… 

Pues de pocos autores se han hecho tantas adaptaciones al cine o al teatro como de Rulfo, y ese debió ser el colmo de un escritor tan poco amigo de la fama como celoso de su mundo. 

Ayer se cumplieron 35 años de la muerte de Juan Rulfo. Merece la pena recordarlo: un guionista también es un escritor.

Fundido a negro.

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