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Stephen Miller
Stephen Miller, asesor político del presidente Trump. EFE

[OP-ED] Los payasos siniestros del circo de Trump

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Si no sabe quién es Stephen MiIler, usted es una persona con suerte. Es decir, ¿por qué querría alguien conocer a un racista miserable, otro extraño hombrecillo que, al igual que el fiscal general Jeff Sessions, su antiguo jefe, solo es grande en su capacidad para el odio y la discriminación?

 Este es el personaje– un empleado de la Casa Blanca—que el miércoles sostuvo un acalorado debate con el reportero de CNN Jim Acosta –hijo de inmigrantes cubanos—durante una sesión noticiosa televisada acerca del significado del famoso poema de Emma Lazarus grabado en la base de la Estatua de la Libertad. Los pobres y oprimidos alrededor del mundo siempre han entendido las palabras de Lazarus – quien al igual que Miller era judía -- como un símbolo de esperanza y libertad.

Miller, quien es consejero político de Donald Trump, negó que el mensaje de bienvenida del poema hubiera sido la intención original de la estatua. Acosta no estuvo de acuerdo: “Eso suena como revisionismo”, dijo. “La Estatua de la Libertad ha sido siempre un faro de esperanza para el mundo que envía a su gente a este país y no siempre van a hablar inglés. No siempre van a estar altamente calificados”. 

Acosta se refería al anuncio de Trump sobre su apoyo a una legislación encaminada a reducir la inmigración legal en la mitad, mediante limitar las oportunidades de ciudadanos y residentes permanentes de “pedir” a familiares para que se reúnan con ellos en este país.

 “Este proceso de solicitud competitiva favorecerá a los solicitantes que hablen inglés, que puedan mantenerse a sí mismos y a sus familias, y demuestren poseer calificaciones que contribuyan a nuestra economía”, dijo Trump.  Pero como alguien escribió en Facebook: “Si hablar inglés es la medida del merecimiento (para ser aceptado), Trump tendría que ponerse al final de la cola”.

Como lo reportara el periodista de NPR, John Burnett, si la ley se aprueba, lo que no parece probable, haría tres cosas: “Primero, limitar el número de extranjeros que podría conseguir tarjetas verdes para reunirse con sus familias que ya estén en EE. UU.; segundo, cortar a la mitad el número de refugiados; tercero, eliminar la lotería de diversidad de visas – un programa que concede visas a países con bajas tasas de inmigración a EE. UU”.

 “De todas las acciones y propuestas del presidente que han erosionado el corazón y el alma de nuestra nación y nuestro compromiso con los derechos civiles y humanos, pocas son tan malvadas como esta”, afirmó Steven Goldstein, director ejecutivo del Centro Anna Frank para el Respeto Mutuo. “Esta acción atroz en efecto establecería una prueba de pureza étnica que se remonta a los capítulos más oscuros de la historia mundial. La Estatua de la Libertad llora mirando como el presidente Trump echa al inodoro el liderazgo moral de América”.

El irrespeto de Miller por la Estatua de la Libertad no fue sorpresa para los que lo conocen. Aunque tiene solo 31 años, es uno de los consejeros de más confianza de Trump, pese a su escasa experiencia política. Pero ¿en realidad para qué necesitaría experiencia para ser el vocero del presidente sobre inmigración o escribirle los discursos? Ser un racista declarado es toda la calificación que se requiere para servir en esta administración que ha hecho de perseguir y aterrorizar a los inmigrantes, las mujeres y la gente de color uno de los pilares de su política. Y racismo es lo que le sobra a Miller.

Ahora que el racista mayor le ha declarado la guerra a la inmigración legal, me pregunto qué dirán ahora esos que han tratado de justificar la despreciable política de inmigración impuesta por Trump como dirigida solamente a los “ilegales”.