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Hay que comprometerse con el futuro latino de EEUU

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Tal vez habría que estar en otro planeta para ignorar el hecho de que el rostro de Estados Unidos está cambiando. El estereotipo del estadounidense rubio y de ojos azules está de salida. Para 2042, los blancos serán una minoría y para 2050 los hispanos serán más de una cuarta parte de la población.

Este cambio demográfico es la base para “Latinos and the Nation’s Future” (2009), editado por el ex Secretario de Vivienda Henry Cisneros. Con ensayos escritos por algunos de los principales líderes y expertos latinos y de inmigración de este país, el libro representa un serio esfuerzo por explorar lo que ese cambio significa para el futuro de Estados Unidos.

Si bien los autores quieren creer que los mejores días están todavía por venir, saben que ello será posible solo si hablan honestamente acerca del pobre rendimiento latino actual. Como lo escribe Cisneros, es preciso plantearnos la siguiente pregunta acerca de la población latina: ‘’¿será ésta grande e inculta, mal pagada, alienada y una fuerza disgregadora en la escena nacional ... o ... grande y educada, creativa, próspera y una parte muy activa de la historia estadounidense?’’

Como ejemplo admonitorio, Cisneros cita a California donde el bajo rendimiento de los estudiantes latinos ha arrastrado su clasificación académica al puesto 45 entre los 50 estados. A nivel nacional, si el resultado educativo para los latinos no mejora ahora, los Estados Unidos podrían sufrir una escasez de 12 millones de trabajadores con grados universitarios en 2020 cuando casi una cuarta parte de la población estadounidense en edad universitaria será latina. Eso significaría tener una fuerza laboral menos competitiva que nunca, advierte Sarita Brown, fundadora de la organización Excelencia in Education.

También, de acuerdo con datos del Censo de 2008, existe una brecha de $25.000 dólares entre el ingreso familiar promedio de blancos no hispanos y el de hispanos. Más aún, como lo señala Harry Pachón, director del Tomás Rivera Policy Institute, hay un potencial claro de “pobreza multigeneracional” entre hispanos, particularmente para aquellos hijos de inmigrantes que crecen en barrios urbanos donde escuelas de baja calidad y alto crimen son comunes y la probabilidad de participación en pandillas o embarazos entre adolescentes aumenta.

Claro está que la responsabilidad es de los latinos – particularmente de ese 40 por ciento de recién llegados – de aprender inglés, tener un compromiso inmutable con la educación y, como lo pone Cisneros, reforzar “nuestra capacidad de ayudar a construir la nación en la que tenemos tanto en juego”.

Hasta cierto punto estos esfuerzos de superación están ocurriendo ya y debieran atenuar los pronósticos negativos de muchos. El número de latinos inscritos en educación superior se elevó casi un 25 por ciento entre 2000 y 2004. También es sabido que la demanda de clases de inglés entre inmigrantes a menudo supera la oferta.

La experta en inmigración, Tamar Jacoby, argumenta que para que vayan más allá de un progreso moderado, los latinos requieren un mayor sentido de pertenencia. Entre los muchos grados de compromiso físico y psicológico con Estados Unidos, la naturalización representa “un crítico punto de no retorno ... cuando muchos empiezan a hablar de ‘nosotros’ en vez de ‘ellos”’, escribe Jacoby, quien cita un estudio según el cual los hijos de madres nacidas en México que se han hecho ciudadanas tienen el doble de probabilidad de graduarse de la universidad que aquellos nacidos de mujeres que no se han naturalizado.

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Cisneros afirma además que la responsabilidad recae también en la sociedad estadounidense en su conjunto, en “infundir nuevo vigor a su instinto progresista” y promover la ascendencia de los latinos a la clase media. Eso significaría alcanzar el punto en que los estadounidenses acepten como política y económicamente conveniente la naturalización y la reforma migratoria.

De hecho, buena parte del futuro éxito de los hispanos y del país depende de reformar el inoperante sistema de inmigración estadounidense. Porque mientras esta nación siga permitiendo que unos 10 millones de trabajadores hagan presencia en esta sociedad pero no sean miembros plenos de ella, es difícil pretender que se sientan más comprometidos con su futuro.

Pero el tema va más allá de tecnicismos sobre naturalización y ciudadanía. Un grupo de líderes latinos ha reconocido la necesidad de comprometerse más a largo plazo y han creado un “plan de vida” a 15 años que establece metas específicas para asegurar que los latinos se integren mejor a este país. Cisneros también anunció planes de crear una organización sin ánimo de lucro para ayudar en ese proceso.

En una entrevista tras la presentación del libro en el Center for American Progress, Cisneros reconoció que el enfoque de ayudar a latinos a ayudar a este país podría ofrecer un mejor marco para el debate migratorio que en los últimos años se ha hecho demasiado contencioso como para ser productivo.

Sugerir que el aumento de latinos podría contribuir al deterioro de Estados Unidos, probablemente servirá de combustible para aquellos que ven la transformación demográfica de la nación como una amenaza. Pero Cisneros no parece preocupado. “Si alguien deduce con este mensaje”, dijo, “que éstas son circunstancias nefastas para este país, es porque seguramente lo creía desde antes. Lo que estamos tratando de hacer es mostrar el camino para evitar este tipo de destino”.

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