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El planeta exige una conciencia

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En las sagradas escrituras Dios pregunta a Caín: ¿Dónde está Abel?  Caín, ocultando su culpa, responde: ¿Qué acaso soy yo el guardián de mi hermano? Si hiciésemos esa pregunta a la ONU, organismo creado para hermanar los países del globo, tal vez  su  respuesta fuese la misma.

Caín mató a su hermano por envidia.  Las naciones de nuestro planeta se destruyen unas a otras, a veces con armas nucleares, y otras veces lentamente, casi con premeditación.  Matan no por envidia, sino por avaricia y rapacidad. Países industrializados compran a precios miserables las materias primas no renovables a las naciones en desarrollo, y les venden los productos manufacturados a precios excesivos, con un escandaloso margen de utilidad.

Saben que para las naciones en desventaja y sin poder adquisitivo, el nivel de vida no podrá mejorar en esa relación comercial, y sus habitantes sufrirán privaciones sin límite.  Entonces se colocan la máscara de la caridad para enviar generosamente algunos millones para los necesitados. No les cuesta mucho sacrificio, pero tampoco alivia su sufrimiento, ni soluciona la miseria. Los países en desventaja se convierten en países dependientes, que estiran la mano para pedir ayuda, pudiendo ser países fuertes porque cuentan con vastos recursos y mano de obra.

La pregunta evangélica sigue en pié: ¿Dónde está tu hermano?, y la contestación parece ser la misma: ¿Qué acaso soy yo su guardián? Si tuviésemos una conciencia universal caeríamos en la cuenta de las consecuencias que trae el no regular equilibradamente una sociedad de consumo; temblaríamos al comprobar que mata a los países en desarrollo, sin escapatoria posible.  En la primera etapa ocasiona desánimo generalizado, luego impotencia, y por último la muerte de la fe, la esperanza y el valor personal.

 Sin embargo, una sociedad de consumo aparentemente rica y poderosa, puede ser en realidad pobre;  pobre de espíritu.  La pobreza espiritual acarrea sus propios males.  Tal vez en una sociedad así no veamos en la calle a niños desnudos de vientre hinchado, desprovistos de cobijo humano, pero hay jóvenes drogadictos tirados en los callejones, hastiados de la vida porque para ellos carece de sentido; calles saturadas de delincuencia y prostitución.  Dicen que cuando se siembra miseria, se recoge miseria.

El contraste entre las naciones se hace cada día más agudo y más aterrador.  Mientras los pueblos más primitivos danzan al dios de la lluvia para obtener el agua del cielo para el campo, pueblos desarrollados bombardean las nubes con agentes químicos para hacer la lluvia. En los últimos 20 años hemos saqueado la tierra, contaminado las aguas y la atmósfera más que en los últimos 10,000 años.

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 Estuvimos extasiados con las supuestas bondades del ‘Libre Comercio’ y, en efecto, eran y siguen siendo muy buenas, pero requieren una cuidadosa, inteligente y comprometida planeación para no crear sociedades desequilibradas donde unos cuantos acumulan toda la riqueza que producen las transacciones comerciales, y otros muchos están al borde de la miseria.  Ejemplo de lo anterior es lo que ha sucedido en China.

En la actualidad existen 1,000 chinos multimillonarios, mientras millones de trabajadores chinos que se dicen afortunados de poseer un trabajo, ganan entre 30 y 80 dólares mensuales, trabajan horas extra sin pago, y en condiciones lamentables.  El lema es ‘Producir más al menor costo’, no importa si se violentan los derechos de los trabajadores o se contamina el ambiente.

El diario The Economist, en un estudio que publicó recientemente, advierte que el problema del desequilibrio social creado por el libre comercio ha producido una situación más explosiva que la que se dio en la época anterior a la masacre de la Plaza de Tiananmen  en Junio, 1989.  Las políticas establecidas en el mercado global han creado una atmósfera candente que puede hacer erupción de un momento a otro.  Unos cuantos se benefician en detrimento de muchos.

¿Qué debemos creer en un período de mayúsculas diferencias éticas y de incredulidad social masiva? ¿Dónde están nuestros hermanos? ¿Cómo aprender lo que de verdad significa la compasión en un mundo despiadado?  La semilla del compromiso social se ha se sembrar en los corazones de hombres y mujeres que viven en esta época de desequilibrio global.  En cada ser humano queda aún un rincón, un anhelo que espera encontrar una respuesta.  Hemos buscado en donde no está, desviando así el sentido del universo.

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