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Julio César Mora, de 110 años, y su esposa Waldrimina de 104. Photo: AP/Dolores Ochoa.
Julio César Mora, de 110 años, y su esposa Waldrimina de 104. Photo: AP/Dolores Ochoa.

Cuál es el secreto del amor, según la pareja más longeva del mundo

Wadrimina y Julio han batido un Récord Guinness: se casaron en 1941 y entre ellos suman 215 años. El paso del tiempo no ha hecho otra cosa que fortalecer su…

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A Julio Mora le gusta ver la televisión y tomar leche; a su esposa Wadrimina, los postres y leer el periódico por las mañanas. Su vida está hecha de pequeños rituales diarios, algunos de los cuales llevan repitiendo 79 años, desde aquel lejano 1941 en que se dieron “en secreto” el sí quiero. 

Sin embargo, a mediados de agosto una noticia excepcional interrumpió su apacible cotidianidad como lo había hecho antes la llegada de la COVID-19: la pareja de profesores jubilados recibió en su casa de Quito, Ecuador, una certificación de los Récord Guinness por la que se convertían en el matrimonio más longevo del mundo.

Waldrimina cumplirá el 16 de octubre 105 años, Julio soplará el próximo 10 de marzo un pastel con 111 velas; entre los dos suman más de dos siglos de vida. 

Lo más meritorio no es su edad -aunque tengan una genética que los emparente con los árboles-, sino que sigan robándose besos y rememorando como dos jovencitos el día en que Julio la vio por primera vez y tuvo la certeza de que iba a pasar el resto de su larguísima vida con ella. 

“Cuando Julio César me conoció, dice que al verme, yo había llegado con mi padre, estaba mirando a escondidas y que se prometió que yo sería la esposa de él”, cuenta la esposa, que había ido a visitar a su hermana y el destino quiso que Julio viviera en el mismo edificio, y que además fuese primo del que acabaría siendo su cuñado.

Luego llegó el tiempo de la conquista. El joven, que era bastante buen escritor, le enviaba poemas y era muy cariñoso con ella. A Julio lo que le enamoró de Waldrimina era su firmeza, el amor que ponía en cada cosa que hacía y su belleza tan singular. 

Como a la familia de ambos no les gustaba que anduviesen de novios, llevaron su relación en secreto y un frío día de febrero de 1941 acabaron casándose furtivamente en la “Iglesia El Belén”, la más antigua de Quito.

Lo que les había unido no lo iba a desunir nada, ni siquiera el paso del tiempo. Ahora, con más de un siglo en sus sortijas, son padres de cinco hijos -uno de ellos falleció-, abuelos de 11 nietos, y tienen 21 bisnietos y 9 tataranietos. 

El secreto del amor

Los Mora no saben nada sobre el nuevo amor líquido, el terror que nos produce la intimidad con el otro o la idea de que las personas podamos tener infinitas parejas a lo largo de la vida, que nuestros flirteos empiecen por un ‘match’ y sigan con una cita virtual y una relación tan larga como lo que se tarda en beberse un Bloody Mary. 

Son un matrimonio de los de “muy antes”. Su relación, dice Waldramina arañando el horizonte con sus ojos acuosos, se basa en la paciencia y el respeto.

“Él me estimó bastante y cualquier situación que hubiera en pocas horas la arreglaba, explicándonos el porqué había sucedido y luego todo ya está bien”, sostiene la mujer. 

Su esposo enseñó a bailar a sus hijos -”bailaba muy bonito”, comenta-; a ella, algo más severa que Julio, le gustaba observarlos nada más y criar a los niños como personas sinceras y disciplinadas.  

“No concebía la mentira, sino siempre la verdad y es ese camino es el que quiero que mis hijos cumplan, asimismo ayudar a toda persona que lo necesite”, añade. 

También hacían otras actividades junto a sus hijos, como ir al teatro, al cine, reunirse con los parientes o cultivar plantas para compartir la cosecha con amigos y familiares, que era una de las cosas que más gustaba a su hija Cecilia, según le explicó a los organizadores del Guinness. 

Fue a Andrés, uno de los nietos, a quien se le ocurrió a inicios de año que sus abuelos podían estar entre las parejas más longevas del mundo, y ni corto ni perezoso envió los documentos que lo demostraban. 

Poco después llegó la pandemia de COVID-19 y la cuarentena. Los Mora, acostumbrados a estar rodeados de sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, tuvieron que refugiarse en la casa con sus pequeños rituales y su amor como manera de seguir a flote. 

“Desde hace un mes se les nota diferente”, admite Cecilia, para quien sus padres siguen estando activos, pero sin la agilidad de antes. “(Se les ve) más decaídos porque extrañan las grandes reuniones familiares. Desde marzo no hemos tenido nada de eso, a mis padres les hace falta el contacto familiar”.

La tristeza por la falta de visitas en un hogar cuyo árbol genealógico es enorme y con muchas de sus raíces aún a la vista, se nota sobre todo en Julio, que come poco, cada vez menos, y los hijos han empezado a licuar sus alimentos. 

Cecilia ha aprendido mucho de sus padres, afirma. Tiene clara la respuesta a la pregunta que le hacen muchas parejas a sus terapeutas, esa pregunta, sí, que los amigos se formulan en los bares: ¿Por qué ya no me duran las parejas? ¿Qué no funciona conmigo?

El secreto de su matrimonio es “la disciplina, la comprensión, la madurez y mucho amor”.

¿Seguimos estando hechos para eso? 

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