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Obama y Cía. permitieron que Arpaio, en la foto, participara en el programa federal 287(g), que utilizaba a la policía local para imponer la ley de inmigración federal. Finalmente, hicieron un débil intento por frenarlo. Pero él fue más listo y continuó aprehendiendo a los indocumentados, entregándolos a los federales y desafiándolos a que no los detuvieran. 
Obama y Cía. permitieron que Arpaio, en la foto, participara en el programa federal 287(g), que utilizaba a la policía local para imponer la ley de inmigración federal. Finalmente, hicieron un débil intento por frenarlo. Pero él fue más listo y continuó…

[OP-ED]: Los dragones no brotan simplemente del desierto

Ahora que el presidente Trump perdonó a Joe Arpaio, el ex sheriff del Condado de Maricopa en Arizona, muchos latinos están enfurecidos. Y muchos liberales…

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Pero los que ignoraron la seriedad de la inmigración ilegal--y en algunos casos ni siquiera utilizan el término “inmigrante ilegal”--no están en posición tal como para sermonear al resto de nosotros sobre la santidad del gobierno de derecho. 

Especialmente, si en ese proceso, parecen tontos. 

“Donald Trump es un racista y está concediendo un perdón a otro racista”, dijo el representante demócrata de Arizona, Ruben Gallego, en una aparición en MSNBC. 

Eso fue simple. Y yo que pensaba que la política era complicada. 

“El perdón de Arpaio es un corte de manga a Estados Unidos. Una declaración orgullosa y vociferante de que este gobierno apoya el racismo,” fue el tweet del senador demócrata de Connecticut, Chris Murphy. 

Ese tipo de comentario de sermón me da ganas de ir a la oficina del Senado de Murphy y contar todos los rostros negros y marrones.

No apoyé a Trump desde el principio y no estoy de acuerdo con el perdón; me hubiera gustado que el policía de 85 años hubiera recibido 1.000 horas de servicios comunitarios en lugar de tiempo de cárcel. 

Pero pienso que los críticos de Trump deberían sentirse menos superiores moralmente y ser más reflexivos. 

No hubo mucha reflexión en la declaración del senador republicano John McCain, que criticó a Arpaio por “continuar haciendo perfiles étnicos de latinos que viven en Arizona sobre la base de una categoría migratoria percibida.”

Es el mismo senador de Arizona quien, en un intento desesperado de re-elección en 2010, prestó su apoyo a la ley migratoria racista del estado. Esa abominación prácticamente requería que los oficiales de la policía local, como Arpaio--tal como lo dijo McCain tan elocuentemente--hicieran, ilegalmente, perfiles de los latinos que viven en Arizona sobre la base de una categoría migratoria percibida. 

Conocí a Arpaio hace 20 años cuando yo era reportero y columnista de metro en The Arizona Republic. En aquel entonces, estuvimos de acuerdo en que la policía local no debía imponer la ley migratoria federal. Para Arpaio, ésa era una orden para la que no recibía fondos y que utilizaba recursos, y él no quería participar en ella. 

Fui a la escuela de postgrado y trabajé para otros dos diarios. Arpaio--quien para ese entonces ya era un adicto a la publicidad--pasó a descubrir que hacer redadas de inmigrantes ilegales le ganaba un lugar en las noticias nacionales. Ya conocen el resto. 

La última vez que lo vi fue en octubre, pocas semanas antes de la elección. Ambos éramos ponentes en una conferencia empresarial en Bakersfield, California. Le pregunté cómo tomaba el hecho de haber sido procesado por la misma gente con la que había trabajado. 

“Es política,” dijo. “Pendejadas”.

No voy a defender a Arpaio. Pero ¿por qué la turba anti-Trump no está dispuesta a atacar a sus viejos cómplices que se llevaron el botín?

Los antiguos segundos del sheriff hicieran redadas de miles de inmigrantes ilegales en el curso de varios años, pero no deportaron ni uno solo. No tenían el poder. En lugar de eso, los entregaron a la máquina de deportaciones más eficiente de la historia estadounidense: el gobierno de Obama. 

Obama y Cía. permitieron que Arpaio participara en el programa federal 287(g), que utilizaba a la policía local para imponer la ley de inmigración federal. Finalmente, hicieron un débil intento por frenarlo. Pero él fue más listo y continuó aprehendiendo a los indocumentados, entregándolos a los federales y desafiándolos a que no los detuvieran. 

El gobierno aceptó a los detenidos, los deportó y los agregó a las listas oficiales. Ésas fueron las cifras de las que la severa Janet Napolitano, ex secretaria de seguridad del territorio, alardeó cuando testificó ante el Congreso. 

A propósito, Napolitano--que fue ex gobernadora de Arizona--también tuvo una amistosa relación con Arpaio. En un momento dado, el popular sheriff republicano refrendó a la demócrata. Estaba devolviéndole un favor. En 1997, mientras era procuradora federal en Arizona, Napolitano socavó a su jefa, la procuradora general Janet Reno, quien había entablado una demanda contra Arpaio por violar presuntamente los derechos de los prisioneros en sus celdas. Napolitano--que tenía ambiciones políticas--se unió a Arpaio en una conferencia de prensa y declaró que la demanda era “técnicamente” sólo un poco más que “el papel de un abogado”. 

Relatar nuevamente estas historias nos mantiene honestos. Nos enseña también varias cosas: A veces los que uno cree que son sus amigos no lo son ni de cerca. Y también: El debate de la inmigración no es blanco y negro, sino gris. Y más que nada, esto: Los dragones no brotan un día del desierto y florecen durante años a menos que diversos individuos con todo tipo de motivaciones los alimenten y cuiden.

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