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Vacío latinoamericano en el equipo de Obama

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Becerra & Cabello duo

May 17th, 2022

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Obama y la Secretaria de Estado, Hillary Clinton han sido elogiados por reconocer que las armas y el consumo de drogas en Estados Unidos son en parte culpables de la violencia  en la región.

La política estadounidense hacia América Latina adolece de la falta de experiencia en los altos mandos. Ni el Presidente Obama ni el Vicepresidente Biden, o ninguno de los miembros del gabinete, puede considerarse honestamente un latinoamericanista. Y Arturo Valenzuela, el nominado por Obama para ser secretario asistente de estado para asuntos del Hemisferio Occidental – el principal diplomático para la región – continúa sin ser confirmado, víctima de maniobras políticas baratas por parte de un senador republicano.

Casi nueve meses han pasado desde que Obama se posesionó y casi cinco desde que prometió una nueva era de “respeto mutuo e igualdad” en las Américas. Si bien ambos sucesos fueron celebrados ampliamente a lo largo de la región, la administración hasta ahora solo ha producido un popurrí de políticas, una mezcolanza de decisiones que demuestran falta de coordinación y estrategia.

Está el ejemplo de la política hacia Cuba, tema que pone a Estados Unidos y América Latina en bandos opuestos y donde un cambio mejor pensado enviaría un mensaje inequívoco de renovación. Aunque bienvenidas, las modestas iniciativas de Obama – el levantamiento de restricciones a viajes de remesas de cubano americanos y el reinicio de conversaciones bilaterales – equivalen a un regreso a los años anteriores al Presidente Bush.

Uno podría argumentar que Estados Unidos dio un primer paso importante cuando apoyó la revocación de la resolución que suspendió a Cuba de la Organización de Estados Americanos en 1962. Pero más que el resultado de una nueva política de acercamiento, el simbólico gesto fue prácticamente impuesto en Washington por sus vecinos del sur.

En política anti drogas, Obama y la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, han sido elogiados por reconocer abiertamente que las armas estadounidenses y el consumo de drogas en Estados Unidos son en parte culpables de la violencia generada por el narcotráfico en la región. Pero parte de la buena voluntad generada por este mea culpa ha sido despilfarrado por un mal paso en Colombia.

Ese verano funcionarios de Estados Unidos y Colombia han decidido trasladar una misión anti drogas que se clausuró en Ecuador, a bases militares colombianas. En muchos aspectos el cambio no era más que la extensión natural de su cooperación bilateral antidrogas. Pero debido a que pareció hacerse en secreto, el plan despertó viejos temores de intervención estadounidense. Si el acuerdo hubiera sido negociado por alguien como Valenzuela – quien conoce la historia y pudo anticipar la reacción – la controversia que desató se podría haber evitado.

La posición estadounidense en Honduras también ha mostrado una falta de coordinación. En respuesta al golpe contra el Presidente Manuel Zelaya el 28 de junio, Obama se unió a los otros líderes de las Américas para condenar unánimemente el golpe y exigir el retorno de Zelaya. Fue una posición basada en principios que complació a una región que se había acostumbrado a esperar acciones unilaterales y por conveniencia de parte de Washington.

Pero a medida que pasaron los días y la presión aumentó por parte de algunos republicanos en el Congreso, funcionarios de Obama parecieron dar un paso atrás: en una carta al Senado el Departamento de Estado explicó que la posición estadounidense “no se basaba en apoyar a un político o a un individuo en particular”. Semanas más tarde, bajo presión de otros líderes en las Américas, la administración impuso nuevas y duras sanciones a Honduras para provocar el regreso de Zelaya.

Estas acciones, a veces inconsistentes, a menudo a posteriori, constituyen la actual política hacia América Latina. Es el tipo de política por la que Valenzuela criticó en una ocasión a la administración Bush “de segundo rango o derivada”.

Y una de la razones es que Valenzuela permanece sin ser confirmado. Con años de experiencia en la rama ejecutiva y más como estudioso de la región, Valenzuela habría sido confirmado unánimemente por el Senado si su nominación no se hubiera estancado en el limbo por obra del Senador Jim DeMint de Carolina del Sur.

DeMint es uno de un puñado de republicanos del Congreso que insisten en que la democracia en Honduras triunfó el día en que Zelaya fue expulsado a la fuerza por militares. Así que ha puesto un freno a las confirmaciones de Valenzuela y Thomas Shannon, ex funcionario de Bush y nominado por Obama como embajador en Brasil.

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La administración intentó apaciguar a DeMint cuando suavizó su condena del golpe. Funcionarios de Obama también han intentado llegar a un acuerdo que permitiría el voto por Valenzuela a cambio de seguir manteniendo el freno a la confirmación de Shannon.

Pero DeMint no ha cedido. Y es que no se trata exactamente de un senador dispuesto a cooperar, como lo demostró cuando le dijo a activistas conservadores que la derrota de Obama en la reforma de salud “será su Waterloo ... lo destrozará”.

Claro que secuestrar nominaciones no es nada nuevo. El fallecido Senador Jesse Helms lo convirtió en arte. En los 90 descarriló nombramientos a embajadas en Brasil, México y Panamá. Incluso retrasó la confirmación de Richard Holbrooke como embajador en Naciones Unidas por 14 meses. Los demócratas también se rehusaron a confirmar a Otto Reich como asistente de estado para asuntos del Hemisferio Occidental. El Presidente Bush evadió el proceso y lo nombró durante un receso legislativo.

Este tipo de obstruccionismo afecta a funcionarios nombrados a cargos relacionados con América Latina, más a menudo que con otras regiones. Las razones no son totalmente claras. Tal vez se deba a que asuntos de la región reviven la vieja polarización de la Guerra Fría en el Congreso. O, tal vez peor, América Latina es vista como asunto menos importante y confirmar un embajador para Brasil es considerado menos crítico que enviar uno a Afganistán o Israel.

Sea cual sea la razón, lo cierto es que se trata del tipo de interferencia de Washington que América Latina no necesita.

(Marcela Sánchez ha sido periodista en Washington desde comienzos de los noventa y ha escrito una columna semanal hace más de seis años.)

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