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Pueblo mexicano lucha para conservar acceso al mar

El pueblo mexicano de La Ribera lucha contra los constructores de un complejo turístico de lujo bautizado "Cabo Riviera".  

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El pueblo mexicano de La
Ribera, en el estado de Baja California Sur, lucha contra las
autoridades locales y los constructores de un complejo turístico de
lujo bautizado "Cabo Riviera", que les bloqueará la vista al mar y
restringirá el acceso a la playa, indicaron algunos pobladores.

La
Ribera es un pueblo de unos 5.000 habitantes con calles de
arena y casas modestas de una planta, ubicado en las desérticas
costas sudcalifornianas, cuya población fue sorprendida en abril de
2009 cuando un grupo de personas empezó a cercar la playa y a poner
una serie de pilones para construir un puerto.

"Los pobladores
arrancaron la cerca y la quemaron, y después en
una junta del pueblo se creó un comité para defendernos y hablar con
las autoridades para que la playa siguiera siendo pública", dijo en
entrevista con Efe Felipe García Romero, de 52 años, miembro de la
Asociación en Defensa del Bien Comunitario de la Delegación de La
Ribera, una organización civil con 250 socios.

Según García, el
complejo turístico de lujo "Cabo Riviera" busca
eliminar la posibilidad de ingreso a las playas desde el pueblo, si
bien las leyes mexicanas estipulan que una propiedad privada que
bloquee el paso hacia la arena debe habilitar accesos públicos cada
600 metros.

Además, aseguró que los constructores están destruyendo nidos de tortuga Laud y afectando a las zonas donde se reproducen invertebrados, y cerca de las que anidan aves en migración.

Cabo
Riviera es un millonario proyecto de 364 hectáreas del
empresario mexicano Mariano Mariscal. Contará con un hotel, cientos
de viviendas, un campo de golf de 18 hoyos y un puerto con 285
puntos de atraque.

El lujoso conjunto hotelero separará con un
muro al pueblo del
mar de Cortés. Durante su construcción ya ha ido restringiendo el
acceso a la playa, al punto que los residentes de la Ribera son
frecuentemente sacados por la fuerza de la playa o mediante amenazas
por un nutrido cuerpo de seguridad privada que cuida las obras.

Los
activistas y periodistas que se aventuran a fotografiar las
obras son perseguidos por vigilantes que usan radioteléfonos para
supuestamente avisar a la policía con la amenaza de cárcel y se
desplazan en ciclomotores, como pudo comprobar Efe en un breve
recorrido.

"No estamos en contra del desarrollo, al contrario, lo
único que
queremos es que lo hagan bien y que respeten dentro de lo posible y
lo razonable el medio ambiente", apuntó García, quien recibe
asesoría de ONGs como Costa Salvaje.

De acuerdo con algunos pobladores, la playa antes era plana, pero cuando los constructores edificaron una serie de espigones para frenar la marea y proteger el futuro puerto, se empezó a erosionar el área, que en algunas partes se ha convertido en una pared de dos metros, lo que imposibilita a las tortugas alcanzar las playas para desovar.

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Algunos habitantes de la localidad, asentada sobre el
mar de
Cortés y parte del municipio de Los Cabos, están dispuestos a dar su
vida en la lucha contra el desarrollo, como Mario Leal, presidente
de vigilancia de la cooperativa "Pescadores de Cortés", quien
asegura que los constructores también buscan cerrarle el paso a sus
embarcaciones al mar.

"Nos encontramos en medio de dos
detonadores de desarrollo, Cabo
Riviera y Cabo Cortés (otro desarrollo que se empezará a construir
al sur), y nos vienen encerrando esos dos proyectos como en
sandwich", declaró Leal.

"Estamos dispuestos a machetearnos
y pelearnos a como dé lugar.
Si avanzan más vamos a atravesar las pangas en la obra y el que se
arrime se va a armar", amenazó el líder pesquero.

Los ribereños
se dedican principalmente a la pesca, algo de
agricultura orgánica y a los servicios turísticos.

Leal considera
que "Cabo Riviera" los va a dejar sin empleo, por
lo cual junto a la asociación de García pide que el gobierno les
preste 60 millones de pesos (unos 4,8 millones de dólares) para
construir un "parque acuático" que tenga zona de restaurantes,
servicios turísticos, baños, piscinas, caminos, canchas de voleibol,
baloncesto, estacionamientos y una dársena para 50 naves.

La idea
de los locales es convertirse en "prestadores de
servicios" independientes, y no en obreros o empleados del
desarrollo turístico, lo que ya les han ofrecido, sin renunciar a la
pesca.

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