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Olímpico: Leyenda escondida de la lucha

Esta estrella de la lucha libre que participó en las Olimpiadas de 1964 pasa desapercibida en el norte. Su historia la saben sólo los clientes de su bar y…

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Joaquín Rivera “Olímpico” en su bar ubicado en la Fairhill y Lehigh conversa con sus clientes.

Filadelfia en los años setenta en una tarde de lucha libre. La arena está llena, los hispanos aclaman a sus ídolos, entre luces y gritos comienza la contienda de los técnicos y los rudos, es decir, los buenos contra los malos. Los primeros son enmascarados y los otros  muestran su rostro.

Pero de los días del Santo, Blue Demon, Mil Máscaras y otros ídolos de antaño sólo han quedado recuerdos en el corazón de quienes lo vivieron.

El norte Filadelfia guarda uno de esos secretos. Una historia que no se ha contado salvo entre un círculo pequeño de vecinos de “Olímpico”, un ex luchador de 74 años que peleó con los grandes a nivel internacional

Joaquín Rivera, su verdadero nombre, es un salvadoreño que representó a México en las Olimpiadas del 1964 en Japón.  Luchó juntó con las leyendas mexicanas y latinos famosos como Antonio Roca y Víctor Rivera.

De los viajes con luminarias, el glamour y la fama solo queda el nombre de “Olímpico” escrito con luces de neón colgado en su modesto bar en la esquina de las calles Fairhill y Lehigh. Allí él está “pelado” y dando otra la lucha, ya sin la fama de antes.

Camina cansado, sus ojos reflejan tranquilidad y cuando comienza con el relato de su vida, la mirada se ve perdida, como si estuviera mirando a su público desde el cuadrilátero, casi como si escuchara en coro las ovaciones: “Olímpico, Olímpico...”

En su barra, bajo la luz roja que envuelve el cuarto y la música de una rocola que intercala corridos y salsa, una decena de clientes beben cerveza a mediodía mientras “Olímpico” desempolva sus memorias escritas en papeles amarillentos.

Rivera cuenta que nació en El Aguacate en 1936, hijo de una muchacha humilde que se embarazó de su patrón.

Siempre le gustó el estudio, y a los 17 años se ganó una beca para estudiar Contaduría y Leyes en la Universidad Autónoma de México (UNAM), en donde comenzó a luchar como parte de las actividades extra curriculares.

“En México nací como todo”

El fundador de la lucha en México, Salvador Luterot, lo descubrió en los años cincuenta y lo llevó a la escuela del famoso profesor Pablo Carmona, de donde salieron estrellas como Rodolfo Guzmán Huerta “El Santo” y otras luminarias de la lucha.

“Entrábamos muchos, pero pocos salíamos, tenías que ser bueno y yo lo era, especialmente mi patada voladora, era preciosa”, recuerda.

En la escuela de la ciudad de León, Guanajuato, le pusieron el sobrenombre de “Olímpico”. “Me gustó mucho porque se oye limpio, digno de un atleta”, dijo Rivera

Hispanos entran y salen del bar, lo saludan, ellos saben su historia, la ciudad no.

“Mi primera pelea como profesional fue en la Arena México en 1958 contra El bello Califo, le gané y de ahí me fui pa’rriba (sic)”. 

Después peleó en contra de Ray Mendoza, campeón mundial y empataron, fue entonces cuando Olímpico logró fama y comenzó a hacer doblajes en películas de lucha mexicanas.

Era una época (1958-1982) en la que El Santo: El enmascarado de Plata realizó alrededor de  53 películas de éxito en los cinco continentes.

“En ese entonces nos pagaban mil dólares por hacer una patada voladora doblando para una película del santo, era mucho dinero, pero los productores lo pagaban porque sabían que conmigo no tenían que repetir escenas”, dijo “Olímpico”.

Según explicó el salvadoreño, la patada voladora consiste en elevarse acrobáticamente seis pies del suelo y caerle en la cara al oponente sin lastimarse uno mismo.

A pesar de que “El Santo” es considerado un super-héroe, “Olímpico” lo ve como un igual, un compañero a quien respetaba y estimaba.

“Todas las mujeres lo buscaban, pero siempre fue un hombre serio, dedicado a su hogar. Me quería mucho, yo pienso que era porque él quería mucho El Salvador. Me recuerdo de una anécdota cuando un día después de luchar en Acapulco nos fuimos manejando a la ciudad de México y yo lo molestaba. Le decía ‘oye las mujeres casi me tiraban la puerta del camerino que porque estaban buscando al Santo’, él sólo se reía”, dijo Olímpico.

Entre risas, con una camisa desteñida y pañuelos que le ayudan con su resfriado, el ex luchador dice que él no tenía ídolos del cuadrilátero. “Yo era mi ídolo”.

Para 1962 comenzaba una nueva etapa en su vida ya que emigró a  Estados Unidos, dejando su querido México.“Yo soy mexicano, porque ahí nací como luchador, contador y como todo”.

“El dólar es el puñete del mundo entero”

“Acepté irme a Estados Unidos porque el dólar es el puñete del mundo entero”. Allí llegó directo a Nueva York, contratado por la Federación Mundial de Luchas (WWF), donde los latinos lo recibieron con orgullo.

“Sí, me recuerdo de ellos, Miguel Pérez, Víctor Rivera, Antonio Roca. Fíjate que no había rivalidad, nos apoyábamos y teníamos una relación de respecto y como no, si éramos técnicos”.

Mientras Gilberto Santarrosa suena en la rocola, las piernas que un día solían ser mortales para sus contrincantes caminan despacio hacia una maltrecha oficina en la esquina del bar. Richi, su adorado loro lo saluda al abrir la puerta.

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“Hola richito, te quiero”, le dice “Olímpico” a su pájaro que lo defiende como fiera si alguien se acerca. Al lado de la jaula hay una fotografía que muestra a los famosos luchadores de esa época.

“Era mi secreto, así es la vida de un luchador, celosa”

Después de una temporada de andar luchando de aquí para allá, “Olímpico” decidió establecerse en Filadelfia en 1964 y realizar su segunda pasión que era la contaduría. Abrió una oficina en el barrio, en las calles seis y Lehigh.

“Durante la semana era Joaquín Rivera, el contador y activo en la comunidad, y los fines de semana era el Olímpico, pero nadie lo sabía, era mi secreto, así es la vida de un luchador, celosa”, dijo Rivera.

“Olímpico” trabajó junto con importantes líderes de la comunidad como Domingo Martínez y Candelario Lamboy, en el Club de Leones.

Se casó con Alicia, una chica de origen alemán con quien tuvo una hija que ahora tiene 30 años y con quienes vive en Nueva Jersey.

Pero en los setentas, nadie sabía su secreto, ni siquiera su propia hija.

En esa época, “Olímpico” le compró a Víctor Rivera, otro luchador, un bar en la Cinco y Huntington, en donde transmitían sus peleas. Los clientes no se percataban de que el luchador de la televisión era el mismo dueño de anteojos sentado a la orilla de la barra haciendo cuentas. Tenía el bar, la oficina de Contaduría, tomaba clases en Temple y seguía luchando.

“Luchaba los fines de semana en la 45 y Market, eso se llenaba de latinos y también viajaba mucho, siempre a donde me dijeran, nunca dije no”, recuerda.

“Nunca volveré aguantar un golpe más”

Así pasaron los años en la vida de “Olímpico” y se convirtió en Mason.

“Estudiaba mucho la Biblia y un día le prometí a Dios que cuando cumpliera 50 años no iba a luchar más”.

En 1986 estaba preparado para pelear con “Samoan” a la Florida y era una pelea muy importante que se iba a grabar para su venta.

“Iba de camino y me acordé que ese día cumplía 50 años; me regresé a mi casa, les llamé y les dije ‘no voy. Nunca volveré a aguantar un golpe más’. Guardé la valija con la máscara en el armario y hasta la fecha, la valija está ahí intacta”.

Sus antiguos compañeros todavía le hablan, especialmente cuando alguno de ellos fallece, pero como “Olímpico” dice, él ya es arena de otro costal.

“La vida fue buena conmigo, de ser un don nadie, conocí luchando los cinco continentes y no hay un solo punto en el globo terráqueo que yo no conozca”.

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