Hija de inmigrantes puertorriqueños, Sotomayor se quedó sin padre, que se desempeñaba como soldador, a los nueve años.

Su madre, Celina Sotomayor, asumió las riendas del hogar tras la muerte de su esposo y se encargó de criar a sus dos hijos, a los que inculcó la idea de que el trabajo duro y la educación eran la mejor forma de progresar en la vida.

De ahí que les comprara la única enciclopedia del barrio y costeara sus estudios en una escuela católica, convencida de que equipados con los conocimientos necesarios sus hijos podrían llegar tan lejos como quisieran.

Los dos aprovecharon los esfuerzos de su progenitora, una enfermera que trabajaba seis días a la semana y que ha vivido para ver a uno de sus hijos convertido en médico y a la otra en juez.

Sonia Sotomayor describió a su madre como la inspiración de su vida, la persona a la que debe todo lo que es y alguien ante quien se sigue sintiendo pequeña.

“Soy sólo la mitad de mujer que ella”, dijo la magistrada, a quien de niña le gustaba leer las aventuras de la joven detective Nancy Drew y seguir la serie policíaca de televisión Perry Mason, personajes a los que ella aspiraba a imitar.

El problema es que Sotomayor fue diagnosticada con diabetes a los ocho años. Le informaron que las personas con su dolencia no podían ser policías ni investigadores privados.

Su talento, perseverancia y el apoyo familiar le permitieron obtener una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad de Princeton, donde se graduó “summa cum laude”.

Por su historial académico fue elegida para pronunciar el discurso en su graduación de Princeton.

Después de esta universidad, Sotomayor se graduó de la Escuela de Derecho de Yale.

Tras licenciarse, comenzó a trabajar en la oficina del fiscal de distrito de Manhattan, bajo la batuta del mítico Robert Morgenthau, un puesto que ocupó entre 1979 y 1984.

Ese año, George Pavia, un abogado que representaba a Fiat y otras empresas italianas, la fichó para trabajar en el sector privado.

En 1991 dio otro paso adelante, gracias al presidente George H.W. Bush, que la nominó para ser jueza de distrito en Manhattan, un puesto para el que fue confirmada un año más tarde y que la convirtió en la primera jueza federal hispana en Nueva York.

Su decisión más memorable en el citado tribunal de distrito se produjo en 1995, cuando puso fin a la huelga de siete meses de las Ligas Mayores de Béisbol, al emitir un dictamen que respaldó la posición de los jugadores y no la de los dueños de los clubes.

El presidente Bill Clinton la designó en 1997 para el Segundo Circuito Federal de Apelaciones, aunque los republicanos bloquearon su nominación durante más de un año, aparentemente por el temor a que algún día pudiera ser elegida para el Supremo.

Sotomayor se divorció cuando era joven y nunca ha vuelto a casarse ni ha tenido hijos.

Amante del béisbol y de la comida, Sotomayor se describe como una persona “extraordinariamente intensa” a la que le gusta disfrutar de la vida.

La modestia es, según los que la conocen, uno de los rasgos distintivos de esta magistrada, que pese a su brillante trayectoria profesional nunca ha perdido de vista sus orígenes.

Así lo recordó el pasado martes el propio presidente Barack Obama al nominarla al Tribunal Supremo, y quien tras referirse a los logros académicos y profesionales de la magistrada de 54 años, insistió en que Sotomayor “nunca se olvidó de dónde empezó y nunca perdió el contacto con la comunidad que la respaldó”.

En la ceremonia, Sonia Sotomayor rindió tributo a su madre, a la que describió como la inspiración de su vida, la persona a la que debe todo lo que es y alguien ante quien se sigue sintiendo pequeña.

“Soy sólo la mitad de mujer que ella”, dijo la magistrada.

En declaraciones al diario The Daily News, Celina Sotomayor, de 82 años y residente en Margate (Florida), expresó su orgullo por los logros de su hija.

“Es la persona más honesta que he conocido”, indicó al diario la madre de la jueza hispana. 

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Andrea Vega / Redacción AL DÍA