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Tengo el placer de informarles que el gigante no está dormido, después de todo. Sólo está experimentando una indignación selectiva. 

Los latinos de Estados Unidos —52 millones de personas con una reputación de pasividad— aún pueden encolerizarse cuando quieren hacerlo. Y, generalmente, quieren hacerlo cuando se sienten ofendidos por uno de ellos. Ahí es cuando aparecen las peleas. 

Tras una reciente columna de CNN.com en la que expresé mi reparo ante la idea de que el atleta olímpico, Leo Manzano, celebrara su medalla de plata en los 1.500 metros agitando una bandera mexicana junto con una estadounidense, muchos otros latinos se enfurecieron y respondieron de la siguiente manera: 

¿Cómo me atrevo a escribir algo así? ¿Quién soy yo para criticar a un héroe olímpico? ¿Por qué no puedo simplemente alegrarme por el éxito de otro latino y cerrar el pico? Manzano se ganó la medalla por tanto, ¿por qué no podía celebrarlo en la forma en que quisiese? ¿Por qué me avergonzaba yo de ser mexicano? ¿No se avergüenza mi madre de mí?

Y ésos fueron los más agradables.

Permítanme dejar en claro lo siguiente. No critiqué a Manzano ni a la bandera mexicana; no tengo nada en contra de cualquiera de los dos. Critiqué la idea de que ambos aparecieran juntos en una vuelta de triunfo en las Olimpíadas —lugar y momento en que un atleta debe desplegar sólo la bandera de un país: el que está representando en los juegos. En el caso de Manzano, era Estados Unidos. Alguien que vino a este país, de México, cuando era un niño pequeño debe demostrar más respeto hacia el país que lo acogió y no estar tan obsesionado con el que sus padres dejaron. 

No tiene nada de malo agitar la bandera mexicana bajo las circunstancias correctas. Está bien que se lo haga en un evento cultural, como la celebración del Cinco de Mayo pero no en un contexto político, como las protestas sobre la inmigración de 2006, cuando se vio esa bandera por todos lados durante las manifestaciones. Y no es una buena idea mostrar una lealtad dividida durante las Olimpíadas. 

En cuanto a la reacción, escribo desde hace 20 años y ya me han atacado por pecados anteriores. La respuesta esta vez no me sorprendió. Lo que sí me sorprendió fue la manera en que los críticos apoyaron a Manzano. No tenía idea de que hubiera tanto entusiasmo por defender a uno de los suyos. 

Después de todo, no han estirado esos músculos demasiado durante los tres años y medio del gobierno de Obama. He tratado de incitar a los latinos por el hecho de que el presidente al que ayudaron a llegar al poder —y que según las encuestas intentan conservar— ha deportado a más de 1,5 millones de personas, la mayoría de ellas latinas y, lo que es horrible, enviando, a menudo, a los hijos de los deportados a hogares de acogida. 

Eso es lo que ocurrió en Sacramento, California, en el caso de Juana Reyes, de 46 años, inmigrante ilegal y madre de dos hijos que está enfrentando la deportación. Los asistentes del shérif local la arrestaron —de acuerdo a un programa favorito de este gobierno, Secure Communities— y la derivaron a los funcionarios de inmigración. Después se llevaron sus hijos. Su delito: vender tamales a la salida de Walmart. Aquí ven sus dólares fiscales en funcionamiento, amigos. 

A propósito, los demócratas latinos detestan que yo hable del número récord de deportaciones bajo este presidente y de la manera engañosa en que ha acumulado esas cifras. 

No recuerdo que muchos de ellos defendieran a la señora de los tamales. Eso significaría enfrentar al gobierno, y la mayoría de ellos no quiere hacerlo. Muchos latinos son primero demócratas y latinos después. Sólo ponen el grito en el cielo sobre negligencia, deshonestidad, manipulación y otros malos tratos cuando se trata de los republicanos. Con los demócratas no se meten. 

Por ese motivo, la mayor minoría de Estados Unidos no avanza políticamente. Otro motivo es que a menudo los invade la envidia por el éxito o la prominencia de otros latinos; el cómico mexicano americano, George López tiene un sketch desopilante sobre un latino que está comprando una tarjeta de felicitación para otro latino por algún logro. Le pregunta al vendedor, "¿Tiene alguna que diga: '¿Qué? ¡¿Te crees que eres mejor que yo?!'" Y un tercer motivo es que muchos latinos se niegan a aceptar diferentes puntos de vista y no pueden estar de acuerdo en estar en desacuerdo sin volverse desagradables. 

Es fantástico ver a los latinos tan entusiasmados por defender a uno de los suyos. Ojalá pudieran alcanzar ese nivel de emoción para atacar a la Casa Blanca y defender a seres humanos reales cuyas vidas están hechas pedazos.

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