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"No puedo evitar ser sino un instrumento de justicia y un agente del destino"                                                                                                                  —José de San Martín

Los centenares de personas que caminan con afán cada semana hacia el Salón de Recepciones del alcalde de la ciudad, en el segundo piso del City Hall de Filadelfia, quizá no tienen la menor idea de que el hombre esculpido en bronce, y mirando desde el lado izquierdo a cada persona que pasa por allí —José de San Martín— es para Latinoamérica lo que George Washington es para todos nosotros.

Ellos son los líderes militares excepcionales que confrontaron el poder de los reyes europeos, los más poderosos gobernantes en la tierra en ese momento, y se atrevieron a vencerlos en batalla, dirigiendo esos  ejércitos de campesinos desarrapados en que consistían las tropas revolucionarias en las Américas, en las batallas de liberación del siglo XVIII y XIX.

Estos comandantes supremos tuvieron principios civilistas parecidos que les permitieron —una vez la guerra concluyó, y las nuevas repúblicas fueron fundadas, y ellos fueron catapultados a la cima del nuevo poder político— a descender galantemente de la oficina ejecutiva, por decisión propia, resultado de un escrúpulo raramente encontrado entre líderes políticos.

Su partida voluntaria del poder ejecutivo, uno yendo a su casa en Virginia, y el otro autoexiliándose a una villa en Francia, elevan su estatura en la historia y en la memoria de los pueblos de América.

Después de escalar por mérito propio a la posición de capitán en el ejército realista español en Europa, José de San Martín partió para su América atraído por un llamado interno imposible de evitar.

"No puedo evitar ser sino un instrumento de justicia y un agente del destino", escribiría luego, en su momento de su gesta liberatadora que lo llevó de Buenos Aires a las pampas del Norte, y después haciendo un quiebre hacia el Este, atreviéndose a traspasar con su ejército a Los Andes, para liberar a Chile, y sin descansar seguir por mar más hacia el Norte a liberar la nación que hoy conocemos como Perú.

Solo Simón Bolívar podría igualar su genio militar: En una larga campaña, también de millares de kilómetros, Bolivar cabalgó desde su nativa Venezuela hasta el sur boliviano, liberando en el camino también a Colombia y a Ecuador.

Mientras que Bolívar quiso conservar el poder, llamándose a si mismo en un momento "dictador" de las mismas naciones liberadas por él, San Martín, como lo hizo Washington, rápidamente se despojó de su uniforme militar, y otros notorios símbolos del poder, para disfrutar la más simple vida de un ciudadano común y corriente, concluido ya su deber con la horrosa fase de la guerra que ellos completaron con diligencia y con honor.

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