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            Bravo.
Cuando el ex presidente de la Cámara realizó esos comentarios durante un
reciente debate presidencial del Partido Republicano, dio en el clavo
precisamente sobre lo que no funciona en el debate de la inmigración.

            No
es que los estadounidenses —y los que los representan en Washington— sean
demasiado indulgentes o demasiado duros. Es que se muestran demasiado renuentes
a enfrentar el tema honestamente.

            Hay
numerosas mentiras en el debate de la inmigración —no se trata de racismo; los
estadounidenses llevarían a cabo de buena gana los trabajos que realizan los
inmigrantes, por el jornal correcto; todos los empleadores son codiciosos y
explotan a los trabajadores; los estadounidenses no desean limitar la inmigración
legal, etc.

            La
mayor mentira proviene de los políticos, que fingen ser lo que no son. Los
republicanos hablan duro pero son suaves con los empleadores al crear
escapatorias y conceder retrasos y exenciones cuando se intenta imponer la ley.
Los demócratas hablan suave pero hacen demagogia con los estadounidenses de la
clase obrera y los jefes sindicalistas, aumentando las deportaciones,
construyendo murallas e imponiendo severas medidas en la frontera, como cuando
Bill Clinton lanzó la Operation Gatekeeper, en octubre de 1994.

            Newt
Gingrich dice: Basta de eso. Para combatir la inmigración ilegal, debemos
comenzar a ser sinceros con el pueblo estadounidense.

            John
King, de CNN, el moderador del debate, preguntó a Gingrich si deberíamos
deportar a millones de inmigrantes ilegales o brindar "algún camino a la
legalidad" para los indocumentados.

            Gingrich
—a quien es divertido observar porque tiene la habilidad de agarrarse a
tortazos con los otros candidatos con una mano y arremeter contra el moderador
con la otra— no aceptó nada de eso.

            "Uno
de los motivos por los que este país tiene tantos problemas es que estamos
determinados, entre nuestras elites políticas, a establecer alternativas
catastróficas", sermoneó. "Uno tiene que enviar 20 millones de personas  fuera de los Estados Unidos o tiene que
legalizarlas a todas".

            Tonterías,
afirmó Gingrich. Primero, controlar la frontera utilizando la Guardia Nacional
o enviando a la frontera "a la actual burocracia del Departamento de Seguridad
del Territorio de Washington". Pero, dijo, la cuestión mayor es que "ningún
ciudadano serio, a quien le preocupe resolver este problema, debe quedar
atrapado en una respuesta de sí o no, en la que o bien deba vender totalmente
la protección de Estados Unidos o deba echar totalmente a 20 millones de
personas despiadadamente".

            Ése
es un discurso de adultos, y francamente me pregunté cómo llegó a la campaña
presidencial. Aún así, esa respuesta sólo le valió una B-menos a este ex
profesor de Historia.

            Es
mucho mejor que la "F" que le di a Tim Pawlenty quien, al tratar el tema, sonó
como si estuviera leyendo una copia de "Política migratoria del partido
republicano para bobos". El ex gobernador de Minnesota repitió la idea sobre
cómo el gobierno federal "no lleva a cabo su trabajo" y expresó que estados
como Arizona tienen el derecho a tener su propia vigilancia. Si hubiera sido
más honesto, Pawlenty hubiera reconocido que el gobierno de Obama ha deportado
casi 1 millón de personas y que Arizona se creó su propio problema al reclutar
prácticamente a los inmigrantes ilegales para construir ciudades y suburbios en
los años 90.

            También
sugirió que la manera de evitar la ciudadanía por nacimiento para los hijos de
inmigrantes ilegales, nacidos en Estados Unidos es nombrar a "jueces
conservadores fiables". Oh, ¿sólo eso? Si quiere invalidar la 14ª Enmienda, lo
que Pawlenty realmente necesita son jueces que estuvieron ausentes el día que
se enseñó "derecho" en la escuela de Derecho.

            Contra
este fondo de ignorancia, Gingrich sonó brillante. Aún así, pierde puntos
porque su idea sobre la Guardia Nacional perpetúa el mito de que el
cumplimiento de la ley es la poción mágica de este debate. Debería haber
perseguido a los empleadores, y recalcado que los estadounidenses tienen la
responsabilidad de no contratar inmigrantes ilegales ni hacerse los tontos
cuando sus amigos, vecinos y parientes lo hacen. Gingrich podría haber señalado
también que el problema real es que, en Estados Unidos, muchos padres miman a
sus adolescentes e hijos de veinte y pico de años protegiéndolos del trabajo
duro, aunque más no sea en el verano o un puesto después de la escuela, y que
esto crea un vacío en el mercado laboral, que se llena con inmigrantes
ilegales.

            Estoy
soñando. Eso nunca sucederá. Insultar la manera de criar a los hijos no es
forma de ganarse votos. Por supuesto, aunque los que no pueden ser honestos en
el debate migratorio a menudo no se dan cuenta de que tampoco lo es insultar la
inteligencia de los electores.

© 2011, The Washington Post Writers Group

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