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Juicio a la economía de Obama

Juicio a la economía de Obama

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 El
presidente Obama debe sentir cierto consuelo con los últimos pronósticos
económicos que muestran mayor optimismo para 2011 y más adelante. Los más
favorables de éstos (digamos el de Richard Berner, de Morgan Stanley) predicen
que el crecimiento económico se acelerará el próximo año a alrededor de un 4
por ciento, de menos de un 3 por ciento y que la tasa de desempleo caerá del
actual 9,8 por ciento a un 8,6 por ciento para fin de año. Aunque esa cifra es
aún deprimentemente elevada, comenzará a disipar la lúgubre idea de que la
economía se verá permanentemente afectada por un desempleo alto, y brindará
fundamento para que Obama alardee de que sus políticas causaron el cambio.

            Si
los norteamericanos promedio están de acuerdo, las perspectivas de re-elección
de Obama mejorarán significativamente. Pero la opinión pública no ha llegado
aún a ese punto. Hace unas semanas, el economista Summers,  que ha dejado su puesto en la Casa
Blanca —vuelve a Harvard— defendió a Obama en un discurso de despedida. Por lo
que dijo y por lo que no dijo, Summers fue un espejo de los puntos fuertes y
las debilidades de las políticas del gobierno. Eso sugiere un veredicto
mezclado: Obama merece que se le reconozca más mérito del que le conceden sus
críticos, pero menos del que él reclama.

            Como
señaló Summers, Obama heredó una situación desesperada. El mercado de valores
se derrumbaba, perdería 3,9 millones de dólares en valor, casi un tercio, desde
la elección de Obama hasta tocar fondo en marzo, según Wilshire Associates. El
comercio global seguía una espiral descendente; caería un 12,2 por ciento en
2009. En su peor momento, expresó Summers, estas caídas excedieron las caídas
iniciales de los años 30. Las empresas despidieron a millones de empleados. El
temor y la histeria abundaron.

            Obama
ayudó a estabilizar la economía —y la psicología. Tanto lo que él hizo, como la
manera en que lo hizo, fue importante. Actuó con seguridad y decisión. El
"estímulo" de unos 800.000 millones de dólares puso dinero en el bolsillo de
los consumidores y, sin duda, salvó puestos de trabajo; indicó que el gobierno
no iba a permitir que la economía cayera al abismo. La "prueba de estrés" de
los bancos mostró que eran más fuertes de lo que se creía. Si no se hubiera
rescatado a General Motors y Chrysler, el desempleo hubiera aumentado en
cientos de miles.

            Es
cierto, muchas de las políticas de Obama se iniciaron bajo el presidente Bush.
Pero no está claro si John McCain hubiera actuado tan positivamente. Sin las
enérgicas acciones de Obama, "hoy observaríamos un mundo enormemente
diferente", sostuvo Summers. Podía concebirse algo parecido a la depresión.

            El
problema es que Obama, tras estabilizar la economía, debilitó la recuperación.
Lo que falta en el discurso de despedida de Summers es todo sentido de
contradicción entre el ambicioso programa social y de regulaciones del gobierno
y la confianza necesaria por parte de las empresas para contratar e invertir.
Por supuesto, las conexiones existieron. La ley de la asistencia médica eleva
el coste de contratación, al requerir, en 2014, que todas las empresas con más
de 50 empleados provean de seguro de salud o reciban multas. La ley rebosa de
complejidades e incertidumbres que dificultan la estimación de los costos
finales. ¿Acaso las firmas de, por ejemplo, 47 empleados se expandirán con
entusiasmo a más de 50, si eso impone todos los costos extra? Parece
dudoso. 

            Había
que tomar decisiones. El gobierno podía o bien concentrarse en promover la
recuperación o dedicarse a objetivos más estrechos y, generalmente,
partidarios. No podía hacer ambas cosas —o, al menos, no podía hacerlas
eficazmente. La solución de Obama fue fingir que no había opciones. El primer
indicio de ello ocurrió en el paquete de "estímulo", que proveyó de dinero a
algunos proyectos preferidos que producirían realmente poco estímulo. Hasta la
semana pasada, por ejemplo, sólo el 20 por ciento de los 8.000 millones de
dólares dedicados a ferrocarriles de alta velocidad habían sido realmente
desembolsados. La planificación de estos proyectos masivos lleva tiempo.

            Las
mismas cualidades tan beneficiosas para Obama inicialmente (aplomo, confianza,
energía) se convirtieron en arrogante desdén por sus obvias incoherencias. Ni
él ni Summers demostraron comprensión por los problemas prácticos de las
empresas que se decidieron a contratar. Obama proclamó que estaba alentando la
creación de puestos de trabajo, mientras presionaba para el establecimiento de
medidas que la desalentaban —la "reforma" de la asistencia médica, la acción
contra el calentamiento global, las restricciones (después de la explosión de
BP) a las perforaciones costa afuera, entre otras. No es que todas las
propuestas fueran erradas sino que un programa complicado y sumamente
partidario, estaba destinado a cosechar mala voluntad, crear incertidumbre y
retrasar la recuperación. En qué medida, queda abierto a discusión; la
dirección, no.

            Hay
mucho en juego para Obama en la economía de 2011. El actual modesto optimismo
refleja muchos factores: la renovación de los recortes fiscales de Bush; la
demanda acumulada de vivienda y automóviles; un mercado de valores en
recuperación; el "desapalancamiento" de la deuda por parte de las familias. Las
amenazas que presentan los problemas financieros de Europa, los precios más
elevados del petróleo y la parálisis relativa al déficit presupuestario de
Estados Unidos a largo plazo, penden. El resultado podría determinar si los
norteamericanos no-decididos adjudican a Obama el mérito de impedir una
depresión o si le echan la culpa por dificultar la recuperación.

© 2011, Washington Post
Writers Group