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Dos primos mexicanos mueren a manos de la policía de Los Ángeles en un caso de identidad errónea. Dos agentes de la policía le dan una advertencia a un importante periodista referente a su cobertura del fusilamiento. Poco después, el mismo periodista se reúne con altos funcionarios de una comisión estadounidense para decirles que sospecha que la policía lo persigue. Saca casi todo de su billetera y despeja el escritorio de su oficina. Días más tarde, está muerto por un proyectil de gas lacrimógeno que disparó un agente del Departamento del Sheriff del condado de Los Ángeles. 

¿Será la trama de una novela de delitos espeluznantes? Podría ser, pero sólo es parte del trágico misterio que encubre a Rubén Salazar. El columnista del periódico Los Angeles Times, y director de noticias de la estación KMEX-TV, fue muerto hace 40 años bajo circunstancias perturbadoras. Las autoridades de la policía tuvieron la oportunidad de resolver el asunto en aquel entonces, pero no lo hicieron. Una nueva generación de autoridades de la policía tiene ahora la oportunidad de esclarecer los hechos con hacer públicos todos los expedientes del caso. Por el respeto debido a la historia y a la transparencia, no deben dejar pasar esta oportunidad.

Me enteré de Salazar por primera vez a comienzos del año 1970, cuando un amigo envió por correo unas cuantas de sus columnas periodísticas. En ese momento, me encontraba en Japón, como miembro del ejército estadounidense. Quedé impresionado con la perspicacia de Salazar, en lo que exploraba el movimiento chicano, los temas referentes a la educación y la justicia. Salazar fue el primer mexicano-americano en redactar una columna de opinión para un periódico importante en inglés de los Estados Unidos, después de haber hecho carrera como reportero en el Los Angeles Times. Para mí, un joven mexicano-americano durante una época en la que había pocas personas pertenecientes a grupos minoritarios en los medios noticiosos, él se convirtió en una inspiración. Me comprometí a ir a Los Ángeles para conocerlo.

El 29 de agosto, 1970, terminé mi servicio militar en Oakland, California, y esperaba con anticipación una entrevista para un empleo con el Los Angeles Times. Cómo iba a saber yo que aquel mismo sábado por la tarde, Salazar resultaría muerto. Aunque nunca llegué a conocerlo, he continuado celebrando su obra periodística y ponderando su muerte. 

Una pregunta fundamental me atormenta, así como molesta también a los hijos de Salazar y a muchos más. El disparo que mató a Salazar ¿fue un terrible accidente que ocurrió bajo condiciones de disturbios públicos? ¿O fue Salazar asesinado para silenciar sus reportajes y el trabajo de su equipo de noticias de KMEX?

Salazar comenzó a escribir su columna para el Los Angeles Times cuando dejó de trabajar para el periódico en enero de 1970, para hacerse cargo de un pequeño equipo de reporteros de noticias en KMEX, una de las primeras estaciones de televisión en español en los Estados Unidos. Unos días antes que muriera, Salazar se vio con un sacerdote y con dos altos funcionarios de la Comisión sobre los Derechos Civiles de EE.UU. – el director regional Philip Móntez y Charlie Ericksen, actualmente editor principal de Hispanic Link News Service. Salazar les dijo que sus reportajes para KMEX habían perturbado a la policía, recordó Ericksen en una entrevista. Salazar quería que "fuera de conocimiento público" que él temía que la policía intentaría acusarle falsamente de algo como la posesión de marihuana. La esposa de Salazar, Sally, después escribió que su esposo había estado comportándose de manera nerviosa y que había vaciado de su billetera casi todo lo que contenía. En su oficina, el 28 de agosto, Salazar había despejado su escritorio y sacado de la pared algunas fotografías.


Una manifestación contra la guerra

El sábado, 29 de agosto, comenzó con una marcha pacífica de unos 25 mil mexicano-americanos en el este de Los Ángeles. Organizada por el "National Chicano Moratorium Committee", el fin era protestar la guerra en Vietnam y el número desproporcionado de mexicano-americanos conscriptos y muertos en el campo de batalla. Llegaron manifestantes de toda la región del suroeste estadounidense para mostrar solidaridad con el movimiento chicano que criticaba la desigualdad en las escuelas, en el ámbito laboral y en el sistema penal. Una delegación de Puerto Rico también tomó parte debido a que tantos jóvenes puertorriqueños estaban muriendo en la guerra.

Después que la marcha llegara a Laguna Park, unos jóvenes revoltosos comenzaron a robar bebidas de una tienda de licores cercana. Cuando respondieron los agentes del sheriff, les tiraron piedras y botellas. Los agentes del sheriff dispararon gas lacrimógeno para despejar el parque. Las familias con niños y parientes ancianos huyeron mientras que algunos jóvenes, hombres y mujeres, continuaron con tirar piedras. Los agentes del sheriff al final dispersaron a los que se estaban resistiendo, con frecuencia girando los bastones como bates de béisbol. Los organizadores de la protesta dijeron luego que los agentes del orden habían buscado cualquier pretexto por dar fin al evento. 

Casi todos se fueron, decepcionados con el repentino final de lo que había sido tanto una protesta contra la guerra como una celebración cultural. Algunos jóvenes no se fueron en silencio. Respondieron con violencia, saqueando y quemando los negocios por el bulevar Whittier. Los agentes del sheriff y del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD por sus siglas en inglés) los cercaron con fuerza. Antes que terminara, los perjuicios contra la propiedad excederían el millón de dólares, docenas de personas resultarían heridas y cientos detenidos. Tres personas murieron. 

Salazar cubría los eventos del día con su equipo de la estación. Guillermo Restrepo, reportero con KMEX, dijo más tarde que Salazar había sospechado que los estaban siguiendo aquella tarde sudorosa en lo que los dos caminaban hacia el este por el bulevar Whittier. Entraron a un bar deslustrado para usar los servicios y tomarse una cerveza. La ubicación del bar, a 22 cuadras de Laguna Park, parecía estar muy alejada de la manifestación en ese momento. No obstante, aparecieron de repente agentes del sheriff al exterior del bar Silver Dollar. Dijeron después que a los agentes del sheriff les habían informado que había un hombre armado dentro del bar. 

Agente del sheriff Thomas H. Wilson disparó un tiro dentro del establecimiento, usando un proyectil de gas lacrimógeno, en forma de torpedo con 10 pulgadas de largo, diseñado para penetrar por puertas de madera y expeler a sospechosos en barricada. Pero la puerta del Silver Dollar estaba abierta, con sólo una pequeña cortina que colgaba del dintel. El Departamento del Sheriff dijo que a Salazar le entró el proyectil por la sien y murió. El departamento, encabezado entonces por el sheriff Peter Pitchess, insistió que fue simplemente un accidente lamentable. 

 

Quejas del jefe de policía

Durante los meses anteriores, el entonces jefe de LAPD, Ed Davis, se había quejado al liderazgo del Los Angeles Times y a Salazar sobre las columnas que escribía. Dos agentes de policía habían hablado con Salazar sobre el reportaje de KMEX sobre los dos nacionales mexicanos desarmados que fueron fusilados por la policía. Los agentes, escribió en su columna Salazar, le advirtieron que "este tipo de información podría resultar peligroso desde la perspectiva de la gente del barrio".

El LAPD y el Departamento del Sheriff del condado de Los Ángeles desconfiaban de la retórica apasionada de los jóvenes activistas mexicano-americanos y de sus gritos de "Poder chicano". Pero la meta principal de los activistas era transformar las condiciones de la educación y de la política, que por mucho tiempo habían estado desatendidas. 

Todos estos eventos se desenvolvieron durante el dominio de J. Edgar Hoover como director de la FBI y durante la residencia de Richard Nixon en la Casa Blanca. Por toda la nación los agentes del orden tomaron acciones duras contra los que protestaban la guerra y espiaban a los que llamaban elementos radicales o revolucionarios.  Estas circunstancias alimentaron las teorías de complot, pero por sí solas, no resultan ser concluyentes.

Una cosa queda clara: Salazar no era ningún revolucionario. Creía en el sistema estadounidense, pero como periodista, percibía que parte de su cometido era exponer casos de discriminación y de injusticia.

Funcionarios públicos de Los Ángeles tuvieron la oportunidad de resolver las preguntas referentes a la muerte de Salazar. En vez de hacerlo, recurrieron a un procedimiento de poco uso – una indagación sin efectos penales de la oficina forense. Fueron dramáticas las audiencias que pasaron por televisión, pero fueron una farsa. En una indagación de este tipo, no se aplican las reglas establecidas para presentar evidencias. Además, el funcionario de la audiencia, Norman Pittluck, hizo preguntas sobre las acciones de los que saquearon y sobre los posibles lazos entre los organizadores y causas de izquierda, temas sin relación alguna al trabajo de Salazar.

Wilson testificó que quería que el gas lacrimógeno penetrara rápidamente el bar por motivo del hombre armado o de los hombres armados que creía estaban dentro. Apuntó hacia el cielo raso con el proyectil, dijo, y luego disparó una segunda vuelta usando un bote de metralla "espolveador". Otro agente del sheriff disparó dos vueltas más de gas lacrimógeno.

 

'¿Qué importa tu director?'

Las inconsistencias y narrativas conflictivas de lo que ocurrió no llegaron a resolverse. Restrepo dio una reconstrucción de los eventos en una sombría entrevista que emitió KMEX en el año 1990. Restrepo recordó que se sentó a la izquierda de Salazar en el Silver Dollar, más cerca de la entrada al local.

Cuando el primer disparo de gas lacrimógeno penetró el bar, recordó Restrepo, "Rubén me dijo, 'al suelo'. Comencé a bajarme de la silla [y] sentí que algo pasó por encima de mi cabeza". Cuando salió a gatas por la puerta trasera, Restrepo dijo que se encontró con autoridades que le apuntaban la cabeza con rifles. "Les decía: Mire, mi director todavía está adentro. No sale".  Pero contó que las autoridades le respondieron: "Qué importa tu director?" Restrepo dijo que le ordenaron abandonar el lugar. No se anunció la muerte de Salazar sino hasta horas más tarde.

Wilson dijo que disparó primero con un proyectil estilo misil, y un pesquisidor dijo que un proyectil de este tipo podría haber causado las heridas mortales de Salazar. Por su parte, Restrepo dijo que Salazar seguía con vida después del primer disparo de gas lacrimógeno.  Esta inconsistencia tiene importancia en un caso repleto de narrativas que muestran grandes conflictos entre sí. 

Los activistas chicanos citaron otra inconsistencia. ¿Por qué a los clientes que estaban a la entrada del bar (documentados en una foto de la revista La Raza) se les ordenó entrar al bar para ser disparados con gas lacrimógeno sólo momentos después? Los agentes del sheriff rechazaron lo que los clientes contaron.

Después de 16 días de audiencias la oficina forense, cuatro miembros del jurado concluyeron que Salazar había "muerto a manos de otro". (¿Qué significaba esto exactamente?) Tres miembros más del jurado encontraron que su muerte había sido resultado de un accidente. Lo que el jurado determinó frustró a los que buscaban claridad.


Opta por no entablar un juicio

Una semana más tarde, el fiscal Evelle Younger se lavó las manos del caso, indicando que no le parecía que podía ganar un juicio de homicidio involuntario contra Wilson, el único cargo que había considerado su despacho. No obstante, un juicio, con sus reglas claras de evidencia, hubiera ofrecido una mejor perspectiva sobre lo ocurrido. Younger había postulado al cargo de fiscal estatal, y a mí me parece claro que no quería oponerse a "las fuerzas del orden". Younger, quien falleció en 1989, negó tales acusaciones.

Sherman Block, quien siguió a Pitchess en el cargo de sheriff, se mofó de la idea que Salazar hubiera sido asesinado. En una nota en el Los Angeles Times del año 1995, Block dijo, "Si tienes la intención de dispararle a alguien, no lo vas a hacer con un proyectil de gas lacrimógeno". Block también le dijo a Robert J. López, reportero del Los Angeles Times, que recordaba testimonio de la indagación que mostraba que la cortina del bar había desviado el proyectil hacia la cabeza de Salazar.

Inicialmente, el Departamento de Justicia estadounidense recibió presión de los mexicano americanos por realizar una investigación federal. No quedó claro hasta qué punto se llegó a investigar, pero los funcionarios nunca entablaron cargos federales. Para algunos activistas, la falta de acción colectiva de las fuerzas del orden olía a encubierta, pero los mexicano americanos contaban con muy poca influencia política en 1970. A diferencia de hoy, no había ningún latino miembro del Consejo municipal de Los Ángeles, ni de la Junta de Supervisores del condado. A nivel nacional, a los mexicano americanos los descartaban por ser una pequeña minoría regional y no tenían poder.

Después de cierto tiempo, el condado de Los Ángeles le pagó a la viuda de Salazar y a sus tres hijos una suma de $700 mil para poner fin a un juicio. No existe suma alguna que compense la pérdida de un esposo y un padre. Al quedarle truncada la vida, Salazar tenía sólo 42 años de edad. 

 

El legado de un periodista

Salazar había comenzado su carrera periodística en 1955, en el diario El Paso Herald-Post. Por su obra pionera como reportero, corresponsal extranjero y columnista con el Los Angeles Times, y por su rol en la televisión en español, Salazar está considerado ser el más importante periodista mexicano americano del siglo veinte. Después de su muerte, se nombraron en su honor escuelas, parques y bibliotecas. Salió un sello postal para conmemorar a Salazar en el 2008. Su ejemplo inspiró a periodistas de Los Ángeles a conformar la California Chicano News Media Association, la cual a su vez ayudó con el establecimiento de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos.

Es posible que ni la entrega de todos los documentos relevantes llegue a ofrecer una respuesta definitiva al misterio de la muerte de Salazar. Pero tal gesto mostraría que las autoridades de hoy no tienen nada que ocultar referente a un caso que ha durado 40 años. 

"Yo no quiero pensar que Rubén fuera un objetivo", dijo Gloria Molina, supervisora del Condado de Los Ángeles. "Pero sí sé que las fuerzas del orden siguieron un camino que iba muy en contra de lo chicano".

Molina indicó que los expedientes referentes al manejo de los eventos en el Laguna Park por parte del Departamento del Sheriff se deberían entregar, también. "Fue un momento histórico terrible", dijo. "Tiene que salir a la luz toda la información para poder describir correctamente los eventos".

A comienzos del presente año, Thomas A. Sáenz, presidente del Fondo Mexicano Americano de Defensa Legal y Educación, abrió una solicitud a partir de la ley de expedientes públicos de California con el sheriff del Condado de Los Ángeles, Lee Baca, por parte del cineasta Phillip Rodríguez y sí mismo. En marzo, López, reportero del Los Angeles Times, también solicitó los expedientes referentes a Salazar. A comienzos de agosto, Baca se opuso a la entrega de los materiales del Departamento. Sin embargo, ahora se los ha dado a la Oficina de Revisión Independiente del condado, la cual preparará un informe sobre los expedientes.

Es un buen comienzo. No obstante, por el interés de la historia, deberían hacerse públicos todos los expedientes del sheriff que sean relevantes a la muerte de Salazar. Más allá de eso, todos los expedientes relevantes y sin ser censurados del despacho del fiscal municipal, del Departamento de la Policía de Los Ángeles, de la FBI y de otras agencias federales del Departamento de Justicia también deberían hacerse públicos.

 

'La realidad del día' 

"Salgan las cosas como salgan", me dijo Molina. "Hoy tenemos a un sheriff muy diferente. Para aquéllos que estén nerviosos con lo que podría salir, me parece que van a tener que aferrarse y soportarlo porque esa fue la realidad del día".

Lisa Salazar Johnson, la mayor de los tres hijos de Salazar, dijo, "Le insto al sheriff Baca a que entregue aquellos expedientes por las muchas preguntas que existen.  Yo quiero saber por qué tuve que crecer sin mi padre".

Por demasiado tiempo ya, lo que ocurrió el 29 de agosto ha sido considerado sólo de interés para la región del suroeste de Estados Unidos. El cineasta Rodríguez, cuyos documentales han salido en el canal público de televisión, PBS, cree que el caso es de importancia a nivel nacional, tan así como ha sido importante resolver casos de abuso a los derechos civiles en la región del sur en la década de los 1960.

Rodríguez, becado invitado de la Universidad del Sur de California, está rodando una película sobre Salazar. "No tengo ideas preconcebidas de lo que llevó a la muerte de Salazar", dijo, "pero sí sé lo profundamente doloroso que ha sido este episodio para muchas personas. Es hora ya de otorgarles acceso a aquellos expedientes a los académicos y a los periodistas".

Este capítulo triste de la historia estadounidense requiere de una resolución clara, la cual es posible sólo con tener absoluta transparencia. 

(Frank Sotomayor ha sido editor del Los Angeles Times y ahora está de becado principal en el Institute for Justice and Journalism y como docente adjunto de la Escuela de Periodismo Annenberg de la Universidad del Sur de California.)

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