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Tras las calles estrechas y concurridas del
barrio de Patronato, epicentro textil de Santiago de Chile, se concentra
una numerosa comunidad coreana que cuatro décadas después de su
desembarco ha diversificado su negocio y se ha animado a invertir en el
desarrollo urbanístico de la zona.

Situado en el centro de la
capital chilena, la vorágine comercial de Patronato ha atraído
tradicionalmente a inmigrantes españoles, árabes y en los últimos años
también surcoreanos que, además de dinamizar el sector textil, han
aportado un toque multicultural al ambiente de la zona.

Según
cifras de la Cámara de Comercio de Patronato, los comerciantes del país
asiático regentan alrededor de 400 negocios entre panaderías,
supermercados, librerías, restaurantes y, sobre todo, tiendas de ropa
mayorista, el motor económico de este barrio.

Asimismo, han
instalado varias academias de taekwondo, su deporte nacional, y un
instituto de coreano al que acuden, entre otros, asiduos seguidores
chilenos de la música pop del país asiático.

"Ahora están
totalmente integrados, aunque al principio fueron personas poco dadas a
conversar", rememora en declaraciones a Efe el veterano comerciante de
origen palestino Carlos Abusleme, presidente de la Cámara.

Las
primeras familias surcoreanas se instalaron en Chile a principios de
los años 70, si bien la ola migratoria más importante se produjo en los
80, en plena crisis del dólar, etapa en la que las condiciones eran
favorables para importar productos.

"No íbamos directamente a
Chile. Primero nos instalábamos en Brasil, Bolivia o Paraguay. Pero aquí
encontramos un buen clima y una ciudad segura", explica Hwa Young
Suh, presidente de la Comunidad Coreana en Chile.

Suh, que
aterrizó en el país austral junto a su mujer hace 20 años, es uno de los
cerca de 2.200 coreanos que actualmente viven en Santiago, según cifras
de la asociación que preside.

Desde hace 10 años es propietario de una de las seis plantas de fabricación textil coreanas que afloran en Patronato.

Tiene a su cargo 30 personas, la mayoría chilenos, que mensualmente
confeccionan 10.000 prendas de ropa diseñadas por su mujer, Diniela.

"Viajamos a Barcelona, París y Londres para conocer las últimas
tendencias de la moda. También importamos ropa china, porque es más
barata", explica Diniela, mientras atiende a Paz Bertran, propietaria de
dos "boutiques" de ropa en Curicó, un ciudad situada a 200 kilómetros
al sur de Santiago.

"Se trata de un producto más económico. La
calidad es un poquito más baja, pero aguanta una temporada y nos
sirve", argumenta Bertran.

La competencia de las grandes
cadenas de ropa ha causado un descenso de las ventas, algo que, según
afirma Diniela, hace que muchas tiendas mayoristas hayan tenido que
bajar la persiana.

Pero esta circunstancia no parece afectar a
los comerciantes surcoreanos, que han ocupado la mayoría de los 57
locales que se agolpan en el primer centro comercial de Patronato,
inaugurado el pasado septiembre.

Uno de los inquilinos es An Chi Myo, propietario de un supermercado de productos de su país.

Si no fuera por el origen chileno de la mayoría de sus clientes, su local parecería estar ubicado en pleno corazón de Seúl.

En sus estanterías los clientes pueden encontrar galletas, fideos
picantes, cerveza y hasta chicles, y todo ello mientras suena música pop
coreana de ritmo pegadizo.

"Los productos que vendemos son un
poco más baratos que en Corea. Nuestros clientes principales son los
propios chilenos. Les encanta el picante", cuenta este comerciante.

El precio económico de sus productos se debe, en parte, a las
condiciones favorables que ofrece el Tratado de Libre Comercio (TLC)
firmado en 2004, el primero que Chile suscribió con un país asiático y
el primero que firmó Corea del Sur en toda su historia.

Pero la actividad coreana en Patronato no sólo se limita al comercio.

En los últimos años, coincidiendo con la expansión económica chilena,
una segunda generación de surcoreanos ha decido emprender un camino
distinto al de sus antecesores e invertir en el negocio inmobiliario.

Ese es el caso de Jae Kyung Wang, de 41 años, quien junto a un grupo
de compatriotas residentes en Santiago ha construido tres edificios en
ese barrio, todos ellos destinados a aumentar la capacidad de almacenaje
de los comercios coreanos.

"Hay bastantes jóvenes de segunda
generación que nacieron en Chile, han estudiado aquí, están trabajando
en varias empresas y participan mucho más en la sociedad chilena",
enfatiza en un español impecable.

"Yo ya llevo más tiempo acá que en Corea. Me considero un chileno más. No pienso regresar", concluye Wang.

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