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A mí me parece que todos tenemos un discurso de graduación en la cabeza, con algunas palabras sabias que nos encantaría compartir con graduados universitarios o de la escuela secundaria, si tuviéramos la oportunidad. 

Este año, David McCullough Jr. —profesor de Inglés en Wellesley High School de Massachusetts, e hijo del historiador laureado con el Premio Pulitzer, David McCullough— tuvo esa oportunidad. De hecho, su actuación fue de primera y despertó numerosos comentarios en los programas radiales de charlas y en Internet. 

Los que pronuncian discursos en las graduaciones generalmente dicen a los estudiantes lo que éstos quieren oír —qué fantásticos son, que el mundo los espera con los brazos abiertos, que pueden lograr lo que quieran en la vida. McCullough brindó a los graduados de Wellesley un valioso servicio al decirles lo que necesitaban oír —a saber, "Ustedes son corrientes y comunes". Es un mensaje simple, pero esencial pues, como expresara McCullough a los graduados, muchos de ellos han sido "mimados, consentidos, adorados, protegidos con cascos, conservados en una burbuja" y resguardados de muchas otras maneras, del mundo frío y cruel, durante largo tiempo. 

Debe haber sido difícil para los padres, sentados en la tribuna y fuentes de todos esos mimos, escuchar ese mensaje. No les hicieron favor alguno cuando les dijeron a sus querubines que el mundo gira en torno a ellos. 

Estos son los niños que, cuando eran bebés, hace 18 años, hicieron que manejáramos con cuidado, porque el pequeño cartel amarillo en la ventanilla trasera de la minivan de la familia nos advertía "Bebé a bordo". Son los estudiantes cuya autoestima, temimos, sufriría si los maestros corregían sus ensayos en tinta roja. Y los jóvenes atletas que tuvieron un trofeo asegurado sólo por comparecer al evento. 

En unos años, algunos de ellos —en busca de la fama que anhelan más que nada— se presentarán a pruebas de talento para actuar en espectáculos y, si los jueces los rechazan, responderán insolentemente: "Ésa es su opinión". Otros solicitarán trabajo y preguntarán descaradamente al entrevistador si hay un atajo para llegar a la suite ejecutiva. Este grupo está apurado, y no tiene tiempo para pagar el derecho de piso. 

No importa que el mundo no los vea como personas extraordinarias. Lo que importa es que se ven a sí mismos de esa manera. Hazte a un lado, Generación X. Ésta es la Generación D, y la D, sin duda, se refiere a sentirse con "derecho" a las cosas. Y muchos de ellos creen que tienen derecho a nuestra atención plena y nuestra constante adoración. 

La Generación D quizás no sea nada especial. Pero el discurso de McCullough sin duda lo fue, y eso se debió a frases como las siguientes: "Sueñen a lo grande. Trabajen con ahínco. Piensen por sí mismos. Amen todo lo que amen y a todo aquel a quien amen, con todo su ser". Y éstas otras: "Escalen la montaña no para plantar una bandera, sino para aceptar un desafío, disfrutar el aire y observar el panorama. Escálenla para poder ver el mundo, no para que el mundo los vea a ustedes". 

Espléndido consejo. Sin embargo, incompleto. Yo hubiera incluido otros comentarios en el discurso sobre dos de las cosas más importantes en la vida, cosas que, irónicamente, pasamos mucho tiempo tratando de evitar: el fracaso y la pérdida. McCullough mencionó -pero sólo al pasar— la "frecuencia del fracaso", señalando que las estadísticas indican que la mitad de su público terminará, un día, divorciado.  

Esto es lo que yo hubiera agregado al discurso de McCullough: "Es fácil manejar el éxito. Pero si uno tiene suerte, en el curso de la vida, también fracasará. Quizás, muchas veces. Después de todo, que uno obtenga todo lo que quiere, es un buen indicador de que no está estableciendo objetivos suficientemente altos y que necesita otros nuevos. Los derribarán. Quizás a menudo. A todo el mundo le pasa. La manera de responder a la derrota y a los reveses —si uno persevera e insiste— es lo que moldeará su carácter y determinará su destino". 

 
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