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Echemos una ojeada al jardín de infantes que es el Senado de Estados Unidos, donde el pícaro Harry Reid está volviendo a jugar con los colores. 

¿Qué tal si todo lo que los estadounidenses creíamos saber sobre la raza y la política estaba al revés? Los republicanos pasan mucho tiempo y dedican mucho esfuerzo tratando de probar que no son racistas. No es fácil hacerlo, especialmente cuando se enfrentan al primer presidente estadounidense que es afroamericano.

Tampoco ayuda el hecho de que el Partido Republicano tenga las manos sucias. El partido se benefició de la "Estrategia del Sur" de Richard Nixon, cuyo efecto en el curso de 30 años fue cortejar a los electores blancos sureños explotando su temor de los afroamericanos. Más recientemente, el partido ha adoptado una estrategia del sudoeste, por la que utiliza el sentimiento anti-hispano y la ansiedad que causan los inmigrantes para crear temor y obtener los votos de los electores blancos en estados tales como Texas, Arizona, Colorado, Nevada y Utah. 

Pero, ¿y qué si algunos de los que explotan el temor racial están aún en el mismo lugar en que estaban hace 60 años durante el movimiento de los derechos civiles —es decir, en el Partido Demócrata? ¿Y qué si el tipo de racismo demócrata está más camuflado, porque se manifiesta no tanto como una tendencia a maltratar a las minorías, sino como un deseo de manipularlas? ¿Qué si algunos demócratas sienten tanto desdén por los afroamericanos y latinos que, en el momento de la elección, creen que lo único que necesitan hacer es presionar ciertos botones para que éstos actúen a su favor? 

Es difícil detectar ese tipo de cosa. Por suerte, tenemos a Harry Reid, que juega la baraja de la raza abiertamente. 

Sucedió otra vez esta semana, cuando el líder de la mayoría en el Senado se dirigió, no muy sutilmente, a las minorías, cuando expresó que los acaudalados hombres de negocios están intentando comprar la elección presidencial para Mitt Romney —excepto que Reid fue más descriptivo. 

"Si este flujo de dinero externo continúa", advirtió Reid en el Senado, "el día posterior a la elección, 17 hombres viejos, blancos se despertarán y se darán cuenta de que acabaron de comprar el país". 

Así es Harry. Tras esa declaración, uno esperaría que —en algún lugar de Nevada— al menos un hombre viejo, blanco  se despertara para darse cuenta de que acababa de ayudar a dividir al país. 

Reid ha transitado antes por este sucio camino. En 2009, durante el debate de la asistencia médica, acusó a los republicanos de estar en el lado equivocado —justo como lo estuvieron "cuando este país reconoció tardíamente los errores de la esclavitud". (No es que quiera arruinar una perfecta difamación con hechos inconvenientes, pero fueron en realidad los demócratas sureños los que estuvieron en el lado equivocado de la esclavitud y defendieron firmemente la segregación durante un siglo después de la guerra Civil). En 2010, pocos años después de que ayudara a hundir la reforma migratoria integral en el Senado para complacer a los sindicatos y evitar que los demócratas fueran vistos como blandos en lo relativo a la inmigración ilegal, Reid trató de desviar la culpa, acusando a los republicanos de ser hostiles hacia los hispanos porque "su piel es un tono más oscuro que la nuestra" y después dijo que no podía imaginar "cómo cualquiera de ascendencia hispana podía ser republicano". 

Tener que soportar a demócratas presuntuosos, deshonestos y condescendientes lograría eso. 

A veces, cuando Reid apela a la raza, insulta a correligionarios demócratas. Según el libro "Game Change" de Mark Halperin y John Heilemann, Reid expresó en forma privada durante la elección de 2008, que Barack Obama podía ganar la presidencia porque tiene "piel clara" y habla "sin dialecto negro alguno, a menos que desee tenerlo". 

Y alguna vez, muy de tanto en tanto, Reid acierta. En 2006, después de que el senado controlado por los republicanos tomara un giro nativista y aprobara una enmienda para una ley de inmigración, que declaraba el inglés como idioma nacional de los Estados Unidos, Reid astutamente tildó la enmienda de "racista" y dijo que estaba "dirigida básicamente a los que hablan español". 

Aún así, la fijación del líder del senado con la raza y el racismo no beneficia ni a Reid, ni a los demócratas, ni al país. Los medios liberales pueden ignorarla y los demócratas, excusarla. Pero numerosas veces, este senador de Nevada ha demostrado su tendencia a avanzar sus propios objetivos dividiendo a los estadounidenses a lo largo de líneas raciales. Es un hábito repugnante. 

Dejemos de lado los 17 hombres blancos. Cuando se trata de Reid y sus juegos raciales, todos los estadounidenses deberían montar en cólera.

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