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En 2009 decenas de cruces blancas fueron pintadas en las principales calles de la Ciudad de Guatemala para exigir justicia por los asesinatos que ocurren a diario en la actualidad.

El pasado 12 de marzo llegó un respiro de justicia para cientos de familiares de víctimas en Guatemala cuando se anunció que el exmilitar Pedro Pimentel fue condenado a 6.060 años de prisión por la masacre de 201 campesinos en la parcela de 'Las Dos Erres' hace casi 30 años.

Pimentel fue el último de los exmilitares juzgados por esta masacre, y fue así como se unió a Daniel Martínez, Manuel Pop, Reyes Collin y Carlos Carías, quienes en agosto del 2011 recibieron la misma sentencia por este crimen. 

La investigación de este caso no fue nada sencilla y se remonta a 1994, cuando la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de Guatemala (FAMDEGUA) solicitó la exhumación de los cuerpos de víctimas asesinadas durante esta masacre, uno de los hechos más sangrientos y recordados de la guerra civil en el país centroamericano.

Este hecho sanguinario había ocurrido doce años atrás, cuando el 6, 7 y 8 de diciembre de 1982, un grupo de soldados de la élite, mejor conocidos como kaibiles, ingresaron en la aldea de 'Las Dos Erres' en busca de armas, ya que la inteligencia militar consideraba a esta comunidad 'simpatizante' de la guerrilla.

Según el reporte 'Guatemala: Memoria del silencio', producido por la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), un total de 58 kaibiles comenzaron a vendar, estrangular y matar a martillazos a los aldeanos, hombres, mujeres y niños, incluso a recién nacidos. A las mujeres las violaban antes de matarlas.

Los cadáveres eran lanzados a un pozo de 15 metros de profundidad. 

De acuerdo a las declaraciones de un exkaibil que participó en la masacre recogidas por el Ministerio Público: "Cuando el pozo estaba casi lleno, algunas personas aún seguían vivas y se levantaban tratando de salir pero no podían. Pedían auxilio y mentaban a Dios. Después, cuando lo estaban tapando, todavía se escuchaban quejas y llantos de las víctimas".

La masacre de 'Las Dos Erres' fue una de 626 ocurridas durante la época más sangrienta en Guatemala, entre 1979 y 1985, cuando el nivel de violencia aumentó hasta alcanzar niveles inimaginables. Los gobiernos de los generales Romeo Lucas García y Efraín Ríos Montt concentraron sus esfuerzos en aniquilar al enemigo interno, limitándose no sólo a combatir a la guerrilla sino atacando sistemáticamente al movimiento social y a la población en las áreas de fuerte presencia guerrillera, principalmente población maya.

El balance de las cifras, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), es de 200.000 víctimas entre desaparecidos y muertos, siendo el 93 por ciento de ellas causadas por el estado.

Tomó casi 30 años para que la justicia de Guatemala anunciara en enero de este año que procesarían por delitos de genocidio y crímenes de guerra al depuesto dictador Ríos Montt. 

Según evidencias presentadas por la Fiscalía, la fuerza armada, atendió las ordenes del alto mando militar y protagonizó, al menos, once matanzas en las que fueron ejecutados 1.171 indígenas, además de más de un millar de violaciones sexuales de mujeres menores de edad.

"Estos casos que son atípicos definitivamente hay que celebrarlos de alguna manera porque son pequeños logros, pero la verdad el sentimiento general de la población en Guatemala es decepción por lo poco que el gobierno ha hecho ante la posibilidad de hacer mucho más, porque cuentan con mucha información y evidencia irrefutable, existe una falta del compromiso político por proceder y ejercitar la justicia en miles de casos en los que el gobierno aun no toma cartas en el asunto", dijo el guatemalteco Manuel Portillo, quien huyó del conflicto armado en 1982 y desde entonces ha luchado por denunciar la violación de derechos humanos y la impunidad en su país.

Y es que después de haber tomado casi tres décadas para sentar al dictador golpista en el banquillo de los acusados y tras años de haber gozado de inmunidad como parlamentario, la Sala Cuarta de la Corte de Apelaciones interrumpió de forma temporal el juicio por genocidio y delitos de lesa humanidad iniciado contra Ríos Montt el pasado 21 de mayo.

"Mucho de lo poco que se ha hecho ha sido en respuesta a presiones internacionales. Yo mismo he sido uno de los litigantes contra cuatro generales conocidos durante la ola de violencia más grande. Pero la gran mayoría hemos sentido un gran dolor por la falta de compromiso de varios gobiernos guatemaltecos por investigar la verdad y castigar a los responsables", dijo Portillo.

Para el guatemalteco, existe una cultura de miedo que se ha desarrollado históricamente en su país. "Viene desde los años de colonización, las instituciones de gobierno y las que tienen más influencia en la vida de las personas siempre han sido controladas por población no maya, a través de siglos ha habido una violencia continua contra los indígenas y los más vulnerables".


Manuel Portillo nació en la Ciudad de Guatemala y su familia fue víctima de un secuestro masivo por parte del ejercito militar.

El escape de una guerra de terror

Portillo llegó a la ciudad de Filadelfia hace 19 años después de haber recorrido un largo viaje en busca de una mejor vida, tras haber vivido los horrores de la opresión perpetrada por el ejercito militar en su natal ciudad de Guatemala. 

El conflicto armado obligo a toda su familia inmediata a abandonar el país y arriesgar su vida con tal de luchar por su libertad y derechos.

 "Vengo de una familia pobre del ambiente urbano de la capital del país. La pobreza allá se vive con gran humildad y no se tiene la misma actitud ante ella que se tiene en EE.UU. La vida era dura pero nunca perdimos la sonrisa. Pero el sufrimiento causado por el conflicto armado era otra cosa, estamos hablando de un sufrimiento a causa de violencia extrema", explicó Portillo.

Fue en 1978, cuando tenía 17 años, que comenzó a tomar conciencia sobre la situación política que atravesaba Guatemala. Primero comenzaron rumores sobre cuerpos que aparecían y después se enteraba por medio de vecinos de muertes de mucha gente, aunque al inicio no se sabía quién cometía los asesinatos. 

"Nosotros empezamos a escuchar sobre la violencia y la guerra cuando en 1979 hubo un golpe de estado y entró en el poder el régimen de Lucas García. Entonces empezamos a vivir un ambiente de mucho miedo y de mucha inseguridad hasta que esto se convirtió en la norma, en ese tiempo se vivía un verdadero terror por lo que podía pasar cada día", dijo el guatemalteco.

La situación de peligro se fue intensificando al punto de afectar a su familia directamente ya que varios miembros de ella apoyaban la oposición contra el gobierno. Según él, esto llevó al ejercito militar a llevar a cabo una serie de acciones que al final resultó en el secuestro masivo de varios miembros de su familia, incluyendo a su padre y a la esposa de este, una hermana, dos sobrinas y a su novia de aquel tiempo.

"Al final terminamos sufriendo en carne propia lo que al principio solo escuchábamos de boca en boca. Esa situación de violencia directa en nuestra contra hizo que los que aun no habíamos sido asesinados tuviéramos que salir del país. El ejercito nos conocía muy bien, tenían fotografías nuestras y mucha información. Ni siquiera podíamos andar en las calles porque temíamos que un retén militar nos detuviera, lo cual era una sentencia de muerte", dijo Portillo.

En 1982 huyó a la frontera con México después de haber permanecido oculto por mucho tiempo en casa de conocidos y amigos. Como no se podía huir por vía aerea, utilizó las carreteras. "Mi salida del país fue muy peligrosa, tuvimos que hacer todo un montaje para evadir retenes lo cual significó que un equipo de amigos controlara las carreteras y revisaran si había militares en la zona".

Su salida del país fue una aventura dolorosa e incierta y fue solo el comienzo de su lucha por esclarecer y obtener respuestas por parte de las autoridades. Desde entonces se ha involucrado con varias organizaciones que protegen los derechos humanos y que se dedican a colaborar en los millones de casos de desaparecidos durante la guerra sucia.

Su hermana, quien ahora reside en Chicago, ha tenido la esperanza de encontrar a sus dos pequeñas hijas quienes fueron secuestradas de su propia casa en Guatemala.

"Nunca aparecieron, el caso se denunció oficialmente e incluso fundamos una asociación llamada 'Dónde están los niños', en Guatemala. Hace unos meses recibimos noticias de que se encontró a una mujer que podría ser una de mis sobrinas desaparecidas en el estado de Mérida, en México. El caso está en proceso de resolverse y no perdemos la esperanza de que en verdad la encontremos", dijo Portillo.

Pero si la búsqueda de sus sobrinas podría formar parte de una novela de misterio, el reencuentro que Portillo tuvo con uno de sus hermanos es igual de impactante.

Hace cinco años Portillo recibió una llamada de su hermana durante la madrugada. "Me dijo '¡German está vivo! Yo no lo podía creer. Mi hermana me estaba avisando que el hermano que había dado por muerto durante diez años me llamaría al día siguiente", dijo Portillo.

Según el guatemalteco todo el mundo pensaba que su hermano había sido asesinado  porque amigos de la familia aseguraron que habían visto su cadáver. Portillo, lleno de desconfianza tuvo en todo momento dudas de que realmente este hombre fuese en verdad su hermano.

"Cuando lo tuve al teléfono le pedí que me contara cosas que nadie más podría saber. Después de escuchar más de cinco historias de mi pasado supe que era él. Mi hermano también huyó a México pero nunca nos había encontrado, ha vivido por muchos años en Ciudad Juárez. Hace cinco años que pude reencontrarme con mi hermano muerto", dijo Portillo.

Distintas manifestaciones han exigido al gobierno de Guatemala investigar y castigar a los responsables de las distintas masacres ocurridas en la década de los ochenta.

La historia de millones que no se olvida

Han pasado 15 años desde que se firmara en Guatemala el Acuerdo de Paz que ponía fin a más de tres décadas de enfrentamiento armado en Guatemala. Desde entonces han surgido miles de testimonios a la luz pública que relatan historias de terror y abuso indiscriminado entre la población.

Aunque cada vez pasan más años desde el conflicto armado, las historias vividas  entre sus montañas y cordilleras parecen resurgir y tomar más fuerza con los años.

Parece que fuera ayer cuando el antiguo presidente estadounidense Ronald Reagan visitara a Ríos Montt en Guatemala y declarara que el general era un hombre dedicado a la democracia y lo llenara de cumplidos.

Es escalofriante ver imágenes originales de Ríos Montt en el poder declarando su ideología y pensamientos sobre el significado de la guerra.

"En una guerra uno le tiene que imponer su voluntad al adversario. Nosotros hemos estado diciendo que Guatemala es maravillosa pero que necesitamos un cambio y este consiste en imponer su voluntad a otro".

Hoy a pesar de los miles de casos pendientes, el gobierno guatemalteco se ha rehusado a admitir que alguna vez haya ocurrido algún genocidio en ese país. En junio pasado Antonio Arenales, agente del Estado y secretario de Paz de Guatemala, declaró ante jueces de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) que en su país nunca hubo genocidio y por lo tanto no debe tratarse de esa forma.

"Guatemala no evade casos, ni niega las violaciones ocurridas durante el conflicto armado interno (1960-1996), ni las indemnizaciones a las víctimas, pero en Guatemala nadie fue muerto por pertenecer a un grupo étnico, racial o religioso", declaró Arenales.

Tal y como dijo Portillo, en cuestión de evidencia y casos " hay mucha tela de donde cortar y mucho trabajo por delante que hacer, si es que se quiere llegar a un punto en Guatemala con una verdadera cultura de paz. Tiene que estar basada en la verdad y no en pretender olvidar la historia".

Por lo pronto, planea continuar con su misión de involucramiento en las distintas investigación y en la búsqueda por justicia.

"Para mi es un imposible no estar involucrado.No tiene que ver con un compromiso político, tiene que ver más con un asunto ético de cómo uno se adhiere a la verdad, y para nosotros, esto es algo crucial y fundamental. No continuar involucrado es un tipo de contradicción, yo simplemente no puedo olvidar y dejar ir", concluyó.

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